
lanacion.com.co · Feb 20, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260220T071500Z
Kevin Acosta no es una cifra ni un argumento en una disputa política. Era un niño de siete años. Una edad en la que la vida debería estar protegida por el Estado, no expuesta a la fragilidad de las excusas. Hemofilia: una condición que exige seguimiento, continuidad, precisión. Pero en Colombia, hoy, ni siquiera eso garantiza sobrevivir. Y lo escribo también como madre, con la indignación atravesada en la garganta, porque hay tragedias que no admiten anestesia. Cuando la ideología pesa más que la vida, cuando la obsesión por desestabilizar un sistema se impone sobre la urgencia de proteger pacientes reales, el desenlace deja de ser técnico. Se vuelve humano. Brutal. Irreparable. Kevin murió, y con él quedó expuesta una verdad devastadora: en este país, la irresponsabilidad del poder puede ser más letal que cualquier enfermedad.Y entonces apareció el libreto oficial. Culpar a la madre. Lo más fácil. Lo más cómodo. Lo más miserable. Revictimizar a una mujer hundida en el dolor, exponerla públicamente, insinuar que la tragedia se explica por decisiones familiares. “Si a un niño hemofílico no se le deja subir a la bicicleta, tiene menos riesgos”, dijo el presidente y lo repitió su aliado y cómplice ministro. Como si restringir la infancia fuera ahora política pública. El ministro remató con fría naturalidad burocrática: que estos niños deben estar “restringidos” de actividades que puedan generar trauma. ¿De verdad esa es la respuesta del Estado? ¿Reducir la vida para justificar la negligencia? No, esto no es torpeza comunicativa. Es una forma obscena de evadir responsabilidades. Cuando dos inconcientes señala a una madre en lugar de mirar sus propias fallas, la pregunta deja de ser política: ¿qué tienen en la cabeza? Poder y odio, una mezcla mortal.Los hechos desmontan cualquier coartada. Kevin recibió su última dosis el 12 de diciembre, pese a que el fármaco debía suministrarse cada 28 días. No hablamos de narrativas, sino de continuidad terapéutica. Tras la caída, su condición se agravó. Fue trasladado a Bogotá. Murió en cuidados intensivos. La propia comunidad médica lo dijo sin ambigüedades: la hemofilia tiene tratamiento, permite una vida normal si se recibe oportunamente. Kevin no lo recibió. Punto. Su madre relató cómo las dificultades comenzaron tras decisiones administrativas entre EPS e IPS. Otra firma en un escritorio, otro movimiento técnico… y en el otro extremo, un niño cuya vida dependía de que esos trámites no interrumpieran su medicamento.Como madre, esta historia no permite frialdad. Kevin es el dolor irreparable de una familia y el espejo incómodo de un país que no puede normalizar que la vida dependa de una guerra de clases mentirosa o del orgullo político del petroceso. ¿Cuántas tragedias más necesitamos para entender que la salud no es un experimento? Colombia tendrá que elegir de nuevo. Ojalá lo haga desde la memoria, la conciencia y la compasión. Porque detrás de cada decisión pública siempre hay vidas reales. Y esas vidas no admiten segundas oportunidades.