
negocios.com · Mar 1, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260301T073000Z
En ese contexto, fuentes iraníes y regionales apuntan a que Ahmad Vahidi, veterano de la Fuerza Quds, exministro de Defensa y del Interior y con orden de detención de Interpol por el atentado de la AMIA en Buenos Aires, ha sido designado nuevo comandante en jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) tras la muerte del general Mohammad Pakpour en los últimos bombardeos. La decisión llega horas después de que el propio IRGC prometiera “la operación ofensiva más formidable de la historia contra Estados Unidos e Israel” para vengar la muerte del ayatolá Ali Jamenei. El nombramiento de Vahidi, todavía no confirmado en todos los canales oficiales iraníes pero coherente con su reciente ascenso a número dos del IRGC, abre una nueva fase en una crisis que ya ha disparado el riesgo de cierre del Estrecho de Ormuz, por donde transita en torno a una cuarta parte del petróleo que se mueve por mar en el mundo. El impacto económico, si la escalada continúa, podría ser tan profundo como imprevisible. Un relevo forzado por las bombas El relevo en la cúpula de la Guardia Revolucionaria es resultado directo de los ataques lanzados el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel contra instalaciones militares y gubernamentales iraníes, incluida la residencia oficial de Jamenei en Teherán. En la operación murieron el líder supremo, varios de sus principales consejeros y el general Mohammad Pakpour, comandante del IRGC desde junio de 2025, cuando sustituyó a Hossein Salami tras otra ola de ataques israelíes. Washington presenta la ofensiva como un intento de impedir que Irán consolide su programa nuclear militar y de forzar un cambio de régimen. Teherán, por su parte, habla de “crímenes de guerra” y ha respondido con salvas de misiles contra bases estadounidenses en el Golfo y ciudades israelíes, además de ataques puntuales contra infraestructuras en Emiratos, Qatar o Bahréin. En medio de ese choque frontal, el régimen necesitaba enviar una señal de continuidad al aparato militar y de seguridad. La elección de Vahidi, un mando con décadas de experiencia operativa y política, busca precisamente eso: mostrar que, pese al descabezamiento de la élite, la cadena de mando del IRGC sigue intacta y dispuesta a ejecutar la prometida represalia. El problema es que esa misma elección alimenta el temor a una escalada aún mayor, tanto en la región como en los mercados. Quién es Ahmad Vahidi, el general más vigilado Vahidi, de 67 años, no es un desconocido. Fue uno de los fundadores de la Fuerza Quds, el brazo de operaciones exteriores del IRGC, y la ha dirigido en algunas de sus operaciones más sensibles en Líbano, Siria o América Latina. Posteriormente ocupó la cartera de Defensa con Mahmud Ahmadineyad y, ya en la etapa de Ebrahim Raisi, el Ministerio del Interior, desde el que dirigió la represión de las protestas desatadas tras la muerte de Mahsa Amini en 2022. Su nombre figura desde 2007 en una alerta roja de Interpol por su presunta implicación en el atentado contra la mutual judía AMIA en Buenos Aires en 1994, que dejó 85 muertos. Estados Unidos le ha sancionado por violaciones de derechos humanos y por su papel en los programas nuclear y de misiles iraníes; Canadá, Argentina y la Unión Europea han seguido pasos similares frente a altos cargos del IRGC. En diciembre de 2025, Jamenei lo nombró número dos del IRGC, en una remodelación que reforzó a los cuadros más duros y con más experiencia en guerra asimétrica. Su salto ahora a la jefatura absoluta del cuerpo —según las informaciones procedentes de Teherán— supone apostar por un perfil que conoce tanto el lenguaje de las milicias y de las guerras por delegación como el de los ministerios y presupuestos. En la práctica, no solo dirigirá una estructura militar, sino también uno de los mayores conglomerados económicos de Oriente Medio. Un cuerpo descabezado y con sed de venganza El IRGC ha encajado en apenas año y medio una sucesión de golpes sin precedentes: la muerte de Qasem Soleimani en 2020, la de Hossein Salami en los bombardeos israelíes de 2025 y ahora la de Pakpour en la ofensiva conjunta de EEUU e Israel. Cada vez, la respuesta oficial ha sido la misma: promesa de venganza y redoblado discurso de resistencia. Tras la confirmación de la muerte de Jamenei y de parte de la cúpula militar, el comunicado del IRGC habló de “la operación ofensiva más formidable en la historia de la lucha contra la arrogancia global” y advirtió de que Estados Unidos, Israel y los “regímenes cómplices” del Golfo se enfrentarán a una respuesta “sin precedentes”. El tono encaja con la línea marcada por Pakpour semanas antes, cuando aseguró que la Guardia tenía “el dedo en el gatillo, más preparada que nunca” frente a cualquier nueva ofensiva. El diagnóstico es inequívoco: la designación de Vahidi pretende transformar esa sed de revancha en capacidad operativa. Con un IRGC que controla milicias en Irak, Siria, Líbano o Yemen, el abanico va desde golpes de mano contra bases estadounidenses hasta ataques con misiles y drones sobre infraestructuras energéticas o portuarias en el Golfo. El riesgo, desde el punto de vista económico, es que algún paso mal calculado convierta una crisis de seguridad en una crisis sistémica de energía y comercio global. La economía paralela del IRGC: del hormigón al crudo Más allá de su poder militar, el IRGC se ha convertido en un gigante empresarial. Su brazo constructor, Khatam al-Anbiya, controla centenares de proyectos en sectores que van desde oleoductos y gasoductos hasta puertos, autopistas, presas o minería, a menudo adjudicados sin concurso y al margen de la competencia privada. Informes recientes apuntan a que la Guardia y las instituciones vinculadas a la Oficina del Líder absorben una parte creciente de los ingresos petroleros y de los activos públicos iraníes, formalizados en el presupuesto de 2025 bajo programas de “refuerzo de la defensa nacional”. Una economía en la que un solo actor mezcla funciones de ejército, conglomerado industrial y red de patronazgo político. El contraste con otras economías emergentes resulta demoledor. Mientras muchos países tratan de limitar el peso de sus militares en los negocios, Irán ha institucionalizado una economía paralela en torno al IRGC, que se beneficia de sanciones, contrabando y contratos estatales. Con Vahidi —un hombre que conoce tanto las redes financieras del cuerpo como sus unidades de combate— al frente, es previsible que esa integración entre aparato militar y tejido económico se profundice. Para los inversores extranjeros, eso significa un entorno aún más opaco y con mayor riesgo de sanciones secundarias. Ormuz, petróleo a 100 dólares y nervios en los mercados El punto de fricción más delicado es el Estrecho de Ormuz. Por ese corredor de apenas 40 kilómetros de ancho en su parte más estrecha transitan unos 20 millones de barriles diarios de crudo y derivados, lo que equivale a alrededor de un cuarto del comercio mundial de petróleo por mar y cerca de una quinta parte del consumo global de petróleo y gas licuado. Tras los ataques que mataron a Jamenei y Pakpour, unidades del IRGC han advertido a los buques de que eviten el estrecho y se han registrado primeras interrupciones parciales, según fuentes marítimas y de inteligencia. Los analistas calculan que un cierre efectivo podría sacar del mercado entre 5 y 11 millones de barriles diarios, incluso contando con los oleoductos alternativos de Arabia Saudí y Emiratos, cuya capacidad disponible ronda los 3-4 millones de barriles. El resultado ya se está dejando sentir: el Brent ha coqueteado con los 100 dólares por barril, lo que supondría una subida de más del 35% frente a su nivel de hace apenas unas semanas. La experiencia de 2020, cuando el asesinato de Soleimani hizo subir el crudo más de un 4% en una sola sesión antes de estabilizarse, sugiere que los mercados tienden a sobrerreaccionar en el corto plazo. Pero la diferencia ahora es que ya no se trata solo de un comandante clave, sino del propio líder supremo y de la amenaza explícita de una ofensiva “histórica” acompañada de un cierre parcial del principal chokepoint energético del planeta. Europa y España: menos Rusia, más riesgo en el Golfo Europa llega a esta crisis tras haber reducido de forma drástica su dependencia del petróleo y gas rusos. En 2023, las importaciones de crudo desde Rusia cayeron un 83,7%, compensadas con mayores compras a Estados Unidos, Noruega, Kazajistán y a productores de Oriente Medio como Irak o Arabia Saudí. La consecuencia es una mayor exposición indirecta a lo que pase en Ormuz, aunque las cadenas de suministro se hayan diversificado. España importa del exterior prácticamente todo el petróleo que consume, en torno a 1,3 millones de barriles diarios, procedentes sobre todo de África y del Golfo de México, pero también del Golfo Pérsico. Cualquier interrupción en Ormuz encarece el coste marginal de cada barril en el mercado mundial, lo que se traduce en combustibles más caros, presión al alza sobre la inflación y mayor tensión para sectores intensivos en energía como el transporte, la industria química o el turismo. A ello se suma el hecho de que la propia Unión Europea ha decidido, por fin, designar al IRGC como organización terrorista, alineándose con Estados Unidos, Canadá y Australia. Esto implica congelación de activos, prohibición de financiar o prestar servicios al cuerpo y un endurecimiento de la persecución de sus redes en territorio europeo. Para las empresas energéticas, logísticas o financieras, operar en entornos donde el IRGC controla infraestructuras —como puertos, terminales o proyectos de reconstrucción— se vuelve casi incompatible con el cumplimiento regulatorio. Precedentes de escalada: de Soleimani a Salami No es la primera vez que los mercados se enfrentan a una escalada entre Irán y las potencias occidentales. El asesinato de Qasem Soleimani en enero de 2020 provocó un repunte inmediato del petróleo por encima de los 70 dólares, pero el precio retroce