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Así comienza « Maite », la nueva novela de Fernando Aramburu
larazon.es
Published about 3 hours ago

Así comienza « Maite », la nueva novela de Fernando Aramburu

larazon.es · Mar 1, 2026 · Collected from GDELT

Summary

Published: 20260301T043000Z

Full Article

Nueve años atrás, Maite le dijo por teléfono a su hermana Elene, ya por entonces afincada en los Estados Unidos, que el principal motivo de su reciente matrimonio era que se había enamorado de las manos de Andoni.A su hermana le faltó tiempo para llamarla idiota. Después formuló una batería de preguntas sobre su cuñado, al que no conocía, con tanta rapidez que a Maite casi no le daba tiempo de contestarlas. Si era guapo, si era vasco, si era de buena familia, si tenía trabajo y dinero. Obtenida la información deseada, Elene sentenció desde su casa de Federal Hill, en Providence, a las cinco de la mañana, hora local, que el matrimonio sólo trae la infelicidad, cosa que a ella nadie le podía discutir por estar casada y saber muy bien de lo que hablaba, lo cual no significaba que su marido fuese mala persona, etc.Tras la conversación, Maite admitió, en el curso de una de las tantas entrevistas que suele hacerse a sí misma, que la vida matrimonial, vista desde el prisma del mal humor, debía de parecerse bastante a como la describía su hermana; pero eso no quitaba para reconocer que Andoni tenía unas manos preciosas, capaces de dar mucho placer, y eso sin contar el mérito de que él había reparado con ellas centenares de ojos defectuosos durante los años que llevaba ejerciendo la oftalmología.De amanecida, a Maite le vino de pronto a la memoria aquella lejana conversación telefónica con Elene, cuando anunció a esta, de una orilla a otra del océano, que se había casado con un oculista. Quizá recordó aquel diálogo equivalente a un interrogatorio porque su hermana, después de largo tiempo, se hallaba de visita en la ciudad por vez primera desde la muerte del aita; pero en parte también porque, sentada a la mesa de la cocina, frente a Andoni, se complacía mirándolo mover las manos mientras él tomaba el desayuno que ella misma le había preparado.–¿Se puede saber qué miras?–Nada. ¿Cómo están las tostadas?–Como siempre. Bien.–¿Y el café?–Todo está bien, maitia. La mañana está bien, la casa está bien, tú estás bien, yo estoy bien. Todo apunta a que nos espera un día perfecto.–¿Tienes ganas de emprender el viaje?–Ganas, lo que se dice ganas, muy pocas, pero la profesión me obliga.Maite miraba con fijeza las manos pulcras de Andoni. Manos con las uñas siempre arregladas, con un poco de fino vello diseminado aquí y allá, con los dedos largos y ágiles como de pianista, a pesar de que él era un negado para la música. Manos que, sin dejar de ser varoniles, levantaban la taza o agarraban el cuchillo con la delicadeza del señor a quien de niño le fueron inculcadas las buenas maneras. Manos tranquilas y expresivas, de piel tersa, de dorsos en cuya perfecta curvatura aún no había asomado la primera señal desagradable de la vejez. Maite no habría sabido nombrar una parte exterior de su cuerpo que las manos de su marido no hubiesen acariciado en alguna ocasión. Quien dice acariciado dice tocado o, finuras aparte, sobado. Manos expertas en la técnica del masaje. Manos que podían hacerla retorcerse de gozo. Manos habituadas a la generosidad, en las que se mantenía una grata y constante temperatura, incluso en los días más fríos del invierno. Manos en las que muchas veces ella había puesto a calentar las suyas. Manos dignas de confianza. Hermosas manos que a menudo, cuando se encerraba a soñar despierta y arreglar el mundo en cualesquiera de sus improvisados castillos, la acogían con suave cariño dentro del puño, convertida en una figurita diminuta, en una niña minúscula que había venido corriendo a la palma protectora a resguardarse de miedos y peligros o a sentir su desnudez envuelta en tacto gustoso.–¿Te importa prepararme otra taza de café?A ruego de ella, Andoni había aceptado colocarse un trapo de cocina por encima de la camisa. Anudado en el cogote, le caía hasta los muslos.–Parezco un niño con babero. Ahora me sacas una foto, haces que la publiquen en una revista y arruinas mi carrera.–¿No querrás salir a la calle con un lamparón de mermelada? Eso sí que dejaría tu prestigio por los suelos.–De todos modos, esta camisa sólo la voy a llevar en el viaje. Para las reuniones reservo la azul, como acordamos ayer. Y aún llevo otra de repuesto en la maleta. Tres camisas, para cuatro días, yo creo que son suficientes. Si se arrugan, pediré en el hotel que me las planchen. Y en el peor de los casos, le pediría a Alberto que me prestase una de las suyas o me pegaría una escapada a El Corte Inglés y allí me compraría las prendas que hiciesen falta.–¿Comprar? Pero si no sabes ni qué talla tienes.–Mujer, no faltará un dependiente que me asesore.La dirección de la clínica había encomendado a Andoni y a su compañero Alberto Gómez la participación en un seminario sobre últimos avances en materia de cirugía LASIK. Organizado en Madrid por la Sociedad Española de Oftalmología, el seminario, cuya inauguración estaba prevista para la tarde de ese mismo día 10, se prolongaría el 11 y 12 de julio, de tal manera que hasta el domingo Andoni no tomaría el avión de regreso.–Y si nada se tuerce, a las siete o las ocho de la tarde me tienes aquí y podremos ir a cenar a un restaurante.–¿Quieres que vaya a recogerte?–No es necesario, maitia. Mi idea es dejar el coche en el aparcamiento del aeropuerto. Le he prometido a Alberto llevarlo ahora conmigo y, a la vuelta, acercarlo a su casa.–Sois muy amigos, por lo que veo.–Es buen tipo. Nos hacemos favores.–Bien, entonces, el domingo, yo me encargaré de la cena. No te va a quedar más remedio que chuparte los dedos.Marido y mujer se besaron o, para ser más exactos, ella lo besó a él, que, inmóvil en la silla, consintió en dejarse voltear hacia arriba la cara, como un muñeco articulado. Maite sólo tuvo que bajar la suya para consumar la fusión de los labios. Le producía un gusto nunca a nadie confesado arrimar la nariz al bigote de Andoni, cuyos pelillos cosquilleantes no era raro que desprendiesen olor a humo de tabaco. Entonces ella, que no había sido nunca fumadora, prolongaba los besos tanto como fuese posible a fin de recrearse en la agradable sensación olfativa, aún más intensa si se completaba con un matiz agregado por el aroma del café recién bebido.–Lástima que no puedas cambiarte de cabeza como te cambias de camisa y prestarme esta, de aquí al domingo, para mi uso personal.–Prefiero no imaginar lo que me obligarías a hacer estando yo ausente.–Nada que te causara daño.–Mujer lasciva.–A lo mejor, mujer enamorada.Se fijó en que a Andoni le sobresalía un mechoncito rebelde por encima de la oreja, afeándole el peinado; fue sin demora en busca de unas tijeras y se lo cortó.–Un día perfecto –dijo– requiere un aspecto perfecto.Terminado el desayuno, Andoni trató de impedir que su mujer retirase la vajilla. Maite insistía, temerosa de que él se manchase el atuendo, y al final los dos despacharon mano a mano la tarea.–Dime, maitia, ¿ya tienes pensado cómo vas a pasar tu día perfecto?–No hay día perfecto que valga con mi hermana en las inmediaciones.–¿A qué hora te has citado con ella?–La cuestión es que ella no ha visto aún la tumba del aita y soy la única que la puede ayudar a encontrarla. Conque a las once subiremos juntas al cementerio. Ten por seguro que me reprochará no haber tenido hijos y que me hará preguntas sobre la cicatriz. En fin, seguirá tratándome como a una hermana pequeña y me amargará durante unas cuantas horas la existencia.–¿Cuánto tiempo va a estar aquí?–Hasta el domingo por la mañana. Anoche, a su llegada, me llamó por teléfono desde la habitación del hotel. Dijo que había venido en un vuelo Londres-Bilbao a vernos a la ama y a mí y a pasar unos días de descanso, que había viajado a Inglaterra por encargo de su empresa y que el domingo vuelve asimismo a Londres, donde tomará un avión de regreso a Providence.–Entonces no me la vas a poder presentar.–Pues ya ves. Yo no conozco a mi cuñado, ella no conoce al suyo. A gusto me marcharía ahora de viaje contigo. En Madrid me dedicaría a hacer compras y visitaría algún museo mientras tú estás en tus reuniones.–Pues venga, mujer. Libérate de compromisos y acompáñame.–¡Qué va! Si ya sabes que yo no puedo dejar sola a la ama y además nos espera a comer. ¡Pues no está poco ilusionada la pobre! Ella invita, yo cocino. Ese es el plan.–Estando aquí Elene, que la cuide ella unos días.–La ama lleva años soñando con ver a la familia reunida en su casa; bueno, a lo que queda de familia, de la que por supuesto estáis excluidos el yanqui y tú. Los nietos son inalcanzables para ella y lo sabe. Jamás vendrán a San Sebastián. Viven lejos, el viaje es caro. Por navidades la ama recibe la foto anual de las criaturas con sus gorros de Papá Noel y va que chuta. Así que deberá conformarse con tenernos hoy y mañana a las hijas juntas. Se sentirá en el cielo cuando oiga que hacemos tintinear con los cubiertos la vajilla de las grandes celebraciones, guardada como oro en paño en la alacena. Las tres jugaremos a formar un grupo armónico. Yo estoy dispuesta a darle esa alegría a la ama. Lo que haga Elene es asunto suyo. A la ama no se le oculta que, con sus problemas de salud, esta podría ser la última ocasión de tenernos a Elene y a mí a su lado.–Pensaba que querías avanzar en tu traducción.–En cuanto te vayas, me sentaré al escritorio. Espero levantarme por lo menos dos páginas del mamotreto antes de salir para el cementerio.Aún no habían dado las ocho cuando Andoni salió de casa con su maleta de viaje. En la calle, camino del garaje subterráneo donde disponía de una plaza de aparcamiento en propiedad, contigua a otra de Maite, se volvió para decir adiós con la mano a su mujer, que le correspondió de igual manera desde arriba. Vivían en una zona céntrica de San Sebastián, en un segundo piso con mirador y balcón de la calle San Marcial. Maite no se retiró de este último hasta que su marido, después de tirarle un beso con la mano, se perdió de vista al doblar la esquina. Acodada en la barandilla, sintió de pronto que su olfato captaba una vaharada sutil del perfume de Andoni. Qu


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