lavanguardia.com · Feb 26, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260226T051500Z
La sanidad pública es un desastre. Hay quien sostiene que los políticos de todos los colores la están dejando morir de inanición para beneficiar a la privada. De todo hay, desde luego, pero hace décadas que es sobre todo la derecha quien lo hace, allá donde gobierna. Y por supuesto está en el punto de mira del populismo que abandera la derecha de la derecha, más preocupado de servir fielmente al capitalismo de multinacional que de atender las necesidades de los obreros que le regalan votos y le rinden pleitesía, ante la creciente falta de conexión con los partidos de izquierda y su inexistente autocrítica.Quirófano de hospital OSAKIDETZA / Europa PressEn todo caso, las causas profundas por las cuales nuestra sanidad, que debería ser sagrada, es un desastre sí que son transversales: pasan las legislaturas y ni unos ni otros abordan una profunda mejoría estructural y sistémica.“Que el alimento sea tu medicina”, sentenció ya Hipócrates en la Grecia del siglo V a. C., pero la medicina moderna y nuestro sistema sanitario van en la dirección inversa: curar y no prevenir, contradiciendo incluso la sabiduría popular: “Más vale prevenir que curar”. Es aquí donde radica el origen del desastre y nadie lo aborda porque la prevención a largo plazo –vinculada a la alimentación y a los hábitos saludables–, tan beneficiosa para la ciudadanía y tan rentable para el erario público, no interesa a los políticos de mirada cortoplacista ni a las industrias farmacéutica, médica auxiliar e incluso alimentaria.Es encomiable, por supuesto, que nuestra sanidad cure cánceres, repare caderas o mejore la vida de enfermos crónicos. Ante un problema grave de salud, nuestro sistema responde, con el músculo financiero necesario, pero antes de llegar a esta situación límite, ¿qué ha hecho la sanidad pública por nuestra calidad de vida? Fundamentalmente, ofrecernos un día a día insufrible, con esperas, dudas, humillaciones, silencios, incertidumbres y la invitación tácita a pasar por la consulta privada (a menudo del mismo especialista que pasa consulta en la pública por las mañanas). Esta doble militancia, normalizada en nuestra sociedad, es otro de los motivos del desastre: el éxito de lo privado no puede ni debe ser proporcional al mal funcionamiento de lo público.Las listas de espera son otra perversión terrible: en un país donde se saca pecho de la sanidad pública, en muchos casos se recomienda ir a la privada para salvar este escollo que, a menudo, cuesta vidas, o tiene consecuencias irreparables porque el sello “urgente” es sinónimo de meses.En una sociedad en que los frívolos debates narcotizantes asaltan el ‘prime time’, analizar los males endémicos de la sanidad pública y discutir cómo mejorarla no tiene cabida, ya que escapa de la estulticia polarizada que nos abruma.Y si, pese a todos los pesares, la sanidad pública sigue siendo una joya irrenunciable, esencial en nuestras vidas, no es por el caos en que la tienen inmersa nuestros gobernantes, sino por la cantidad de profesionales extraordinarios con que cuenta, que luchan cada día por dignificarla, a menudo con una sonrisa de oreja a oreja, frente a un sistema ineficaz, y aunque les cueste la salud, por paradójico que sea.