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¿ Nos están dividiendo las políticas verdes ?
esdiario.com
Published 1 day ago

¿ Nos están dividiendo las políticas verdes ?

esdiario.com · Feb 21, 2026 · Collected from GDELT

Summary

Published: 20260221T123000Z

Full Article

La pasada semana tuve la oportunidad de participar en una conversación organizada por Foro de Foros que llevaba el mismo título que esta pieza.La pregunta no es provocadora por gusto. Es una inquietud real que se escucha cada vez más: en conversaciones familiares, en pueblos y ciudades, en sectores productivos y también en espacios de decisión. Y no nace de negar los cambios en el clima —que son cada vez más evidentes—, sino de algo más humano: la sensación de la agenda política actual se está gestionando de un modo que deja a una parte del país fuera del relato y, la mayoría de las veces, fuera de la solución.Pongamos el punto de partida donde debe estar: no deberíamos discutir la evidencia científica como si fuera parte de lo subjetivo. La ciencia nos describe un problema físico, con efectos que ya se perciben en sequías, olas de calor, incendios o estrés hídrico. Discutir si “existe o no” el cambio climático se ha convertido en una batalla ideológica que no beneficia a nadie: ni al agricultor que necesita agua, ni a la familia que sufre caras facturas energéticas, ni a la administración que debe planificar infraestructuras, ni a los jóvenes que miran al futuro con incertidumbre. El desacuerdo legítimo empieza después: qué decisiones tomamos, con quién contamos para tomarlas y con qué ritmo.Ahí es donde se está abriendo una fractura entre dos maneras de entender el ecologismo. Una, muy presente en el debate público, se formula desde una lógica urbana: movilidad, restricciones, hábitos de consumo, cambios de estilo de vida. Es una parte del puzzle, sin duda. Pero cuando esa visión se convierte en la única y se comunica con tono moral —como si hubiera ciudadanos ejemplares y ciudadanos rezagados—, se rompe el vínculo con quienes viven en otra escala. Porque existe otra España, la España del territorio, que no puede organizar su vida alrededor de “tenerlo todo a 15 minutos”. No porque no quiera, sino porque no puede. Hay quien recorre cada día decenas de kilómetros para acceder a servicios esenciales, quien cuida de cientos de hectáreas, quien trabaja en campañas agrícolas, en el monte, en la mar, en logística, en industria o en construcción. Para esa España, “a 15 minutos” muchas veces no está el médico, o el instituto, o Correos, o el transporte público. Y, sin embargo, esa misma España es la que sostiene buena parte del capital natural del país: paisaje, biodiversidad, prevención y gestión del riesgo, conocimiento práctico acumulado durante generaciones.Aquí conviene decir algo sin complejos: hay un ecologismo de sofá —o de asfalto— que se permite el lujo de dictar desde la comodidad. No por mala intención, sino porque la realidad que lo inspira es distinta. Y ese ecologismo, cuando llega a política pública sin filtros, puede terminar haciendo lo contrario de lo que pretende: generar rechazo, alimentar la desafección y debilitar el apoyo social necesario para cualquier transformación profunda.Por eso hace falta una alternativa que no sea frentista, pero sí integradora y de sentido común. En el sentido de conservar lo valioso: el patrimonio y el paisaje natural, los recursos escasos, la seguridad energética, la cohesión social y la dignidad de quienes vertebran el país. Que no se base en la culpa, sino en la responsabilidad; no en el gesto, sino en el cuidado; no en el eslogan, sino en la gestión.Ese enfoque tiene varias implicaciones prácticas.La primera: reconocer y prestigiar a quienes cuidan el territorio. Agricultores, ganaderos, pescadores, gestores forestales, brigadistas, técnicos, pequeñas empresas locales, pescadores. Son aliados, no sospechosos. Si queremos más vocaciones y mejores prácticas, el mensaje no puede ser “vosotros sois el problema”, sino “vosotros sois parte de la solución, y el país os lo reconoce”.La segunda: equidad territorial en el diseño de medidas. Si una parte de la sociedad ha elegido —legítimamente— una vida urbana, con densidad y servicios cercanos, también debe entender que hay otra parte que no dispone de ese menú de comodidades. En la práctica, esto significa que antes de penalizar hay que ofrecer opciones reales: transporte, digitalización efectiva, servicios públicos accesibles, infraestructuras, tecnología y simplificación administrativa. Si queremos que la mayoría de nuestro país no sea un entorno selvático o un jardín para pasear los fines de semana, esto debe ser una política de país.La tercera: compatibilidad entre sostenibilidad y prosperidad. Una transición que se vive como renuncia permanente está destinada a fracasar. El objetivo debe ser combinar adaptación y sostenibilidad con riqueza, crecimiento y oportunidades económicas. Eso implica apostar por modernización en sectores primarios e industriales, por una economía de la innovación con reglas claras, por eficiencia hídrica y energética, por prevención inteligente de incendios, por proyectos que dejen valor en el territorio y por energía limpia con retorno local y seguridad jurídica. Sin esto, la agenda llamada “verde” se percibirá como un coste que otros deciden y algunos pagan.Y la cuarta: menos trinchera y más método. Podemos discrepar en soluciones —y de hecho debemos hacerlo— sin poner en cuestión el punto de partida científico ni convertir al vecino en enemigo. A veces parece que la conversación obliga a elegir bando y realidad ese marco es ficticio y estéril. La salida es otra: reconciliar España dándonos un lugar a todos, asumiendo que el país es plural y que las políticas deben ser compatibles con realidades distintas. Ni uniformidad, ni imposición; cooperación.Por lo tanto, sí y no: las políticas verdes nos dividen cuando se convierten en identidad y moral, cuando olvidan el territorio y cuando reparten costes sin equilibrio ni alternativas. Pero también nos podrían unir si partiesen de la evidencia, reconociesen las distintas realidades del país, respetasen el trabajo de quienes sostienen el entorno y convirtiesen esta adaptación necesaria en una oportunidad compartida.Desde espacios como Legados, trabajamos precisamente en reconciliar la conversación climática con el territorio y con quienes lo sostienen: poniendo en valor el conocimiento práctico, abriendo diálogo entre mundos que apenas se escuchan y empujando propuestas que combinen sostenibilidad con prosperidad y cohesión. No para rebajar la ambición ambiental, sino para hacerla socialmente viable, compartida y duradera.Si el reto es común, la respuesta también debe serlo. Y esa es, quizá, la única forma de que “lo verde” deje de ser una frontera y se convierta en un proyecto de futuro para todos.


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