
acento.com.do · Feb 19, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260219T024500Z
En la serie distópica Extrapolaciones, de la estadounidense Apple TV (2023), la cumbre climática de 2037 se escenifica en formato híbrido en Israel… Ocurrencias como esa no pintan tan descabelladas, luego de 30 años de hacer lo mismo con resultados cuestionables y especialmente después de la 30 Conferencia de las Partes (COP30) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (Cmnucc), de noviembre último en la ciudad brasileña de Belém, en plena Amazonia, en una serie de sesiones que atrae a 196 países y la Unión Europea (UE). Este episodio del largo melodrama climático sin colofón alimenta más dudas sobre el esquema de las COP anuales y de su viabilidad para solucionar la catástrofe climática, el mayor riesgo existencial que enfrenta la humanidad en el siglo actual, y cuya próxima cita 31 tendrá lugar en Turquía en noviembre, bajo la presidencia compartida entre esa nación y Australia. “La arquitectura (institucional) ya está. Ahora se debe orientar a cómo estamos aplicando los acuerdos. Quisiéramos empezar a ver los resultados de un acuerdo global. Es clave tal vez que la COP se oriente más hacia la implementación, eso va a ser importante en la COP31. Falta el esfuerzo mayor para empezar a ver ese proceso de descarbonización”, señaló a IPS, desde Bogotá, Silvia Calderón, directora del Instituto de Ambiente de Estocolmo Latinoamérica. Suscríbite a nuestro newsletter y recibe las historias más importantes del día. Al suscribirse al newsletter acepta nuestros términos y condiciones y política de privacidad. La carabela insignia de la Cmnucc, el Acuerdo de París sobre cambio climático de 2015, hace agua, pues las emisiones y la temperatura suben sin tregua y la meta del dique calorífico alrededor de 1,5 grados centígrados ha quedado a centímetros del piso, si bien la transición energética hacia modos menos contaminantes avanza, aunque aún sin hacer mella en el entramado fósil. Los resultados, decepcionantes para muchos y halagüeños para otros más optimistas, de la COP30 alimentan las inquietudes sobre la viabilidad del mecanismo, mientras persiste el consuelo colectivo de que la situación del planeta estaría peor sin la Convención bajo la premisa de peor es nada. La cita de Belém, que reunió a más de 40 000 personas, entre altos funcionarios, representantes de organismos internacionales, de la sociedad civil, la academia y periodistas, fluyó entre lemas para la galería, como “la COP de la verdad” y la “COP de la implementación”, pero que como la retórica grandilocuente quedaron lejos de los resultados, en una cumbre que ya parece más un festival climático que un paquete de reuniones para enfrentar la mayor amenaza global presente. La COP30 había prometido un marco para la adaptación, incluyendo un paquete integral de 100 indicadores; una hoja de ruta para cero deforestación en 2030 y una nueva meta de financiamiento. Pero la cumbre no se tradujo en un plan de abandono de los combustibles fósiles, que empujaron varios países industriales y en desarrollo, organizaciones de la sociedad civil, pueblos indígenas y académicos, pese a que el tema no figuró en la agenda oficial que la presidencia brasileña de la COP promovió, para no pisar callos de por sí sensibles y lavarse las manos en los ríos circunvecinos a Belém. En contrapeso, aprobó un esquema edulcorado de indicadores de adaptación, un plan de transición energética justa y una nueva meta de 300 000 millones de dólares anuales para 2035, mayor que la previa de 100 000 millones de dólares por año para 2020. Sin embargo, ese nivel es aún insuficiente para atender los impactos y la adaptación. Por eso, los líderes de todas las naciones también acordaron que todos los actores deben trabajar juntos para movilizar 1,3 billones (millones de millones) de dólares al año para 2035 para los países más vulnerables a los impactos del cambio climático. Delegados gubernamentales celebran el lanzamiento de la conferencia contra los combustibles fósiles que tendrá lugar en la ciudad de Santa Marta (Colombia) en abril, durante la COP30 de Belém, en Brasil. Se espera que muestre que los que estén dispuestos pueden avanzar a mayor velocidad que el resto en la respuesta a un elemento medular en la crisis climática. Imagen: Cmnucc Desde el Titanic no se escucha Desde 2023, durante la COP28 en Dubái, ha arreciado la lluvia de voces proreforma del sistema de las COP, sin que hayan hecho mella en el Titanic de sus instituciones, que quizás vive en la inconciencia de que su iceberg no solo naufraga en las salas anuales de negociación, sino también afuera, en la subida de la temperatura y el nivel del mar; lluvias más intensas e irregulares, pertinaces sequías y huracanes y tifones más poderosos. La intensidad arreció en 2024 durante el proceso previo a la COP29 en Bakú, la capital de Azerbaiyán, cuando un grupo de científicos presentó un paquete de reformas orientadas hacia el énfasis en resultados, considerar realmente la ciencia, reestructurar las COP, para hacerlas más pequeñas, frecuentes y regionalizadas; revisar la relación entre el secretariado de la Convención, la presidencia de la COP y sus múltiples actores, así como garantizar una transición energética global justa. Y en medio de las negociaciones de medio año en la ciudad alemana de Bonn, sede de la Cmnucc, y ante la inmovilidad frente a los temas torales, un colectivo de organizaciones de todo el mundo también divulgó su propuesta, centrada en restaurar el poder y la equidad dentro de las negociaciones; poner fin a la simulación y la captura corporativa de las mismas; alejarse de negociaciones opacas sin rendición de cuentas; respetar y proteger derechos humanos, así como armonizar y fortalecer la gobernanza climática internacional. Pero el Titanic climático ha seguido impávido su marcha, pues ni el Secretariado de la Cmnucc ni las COP se han tomado en serio atender los reclamos, mientras el mundo camina dormido hacia más catástrofes, como las atestiguadas en los últimos cinco años. Ante la evidencia de que la COP30 miraba en la dirección opuesta a los combustibles fósiles, como si no se tratara de ellos, un grupo de más de 80 países, con Colombia y Países Bajos a la vanguardia, lanzó la Declaración de Belém sobre la Transición Fuera de los Combustibles Fósiles, cuyos ejes pesan tanto como el crudo. El documento va la yugular del cuerpo climático: la mejor ciencia disponible demuestra que los combustibles fósiles son los principales responsables del calentamiento global, las emisiones derivadas de su producción y los subsidios son incompatibles con el límite de 1,5°C; los Estados tienen obligaciones legales. Esto último lo ratificaron opiniones consultivas de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Corte Internacional de Justicia, que incluyen tomar medidas para reducir emisiones asociadas a los combustibles fósiles. La primera, con sede en San José de Costa Rica, es el más alto tribunal regional y la segunda, asentada en La Haya, el principal órgano judicial de la ONU. En suma, se plantea que acelerar la descarbonización exige acciones complementarias más allá de los procesos regulares de la Cmnucc. En consecuencia, convocan a la Primera Conferencia Internacional sobre la Transición Justa para Abandonar los Combustibles Fósiles, programada el 28 y 29 de abril en la ciudad colombiana de Santa Marta. En el marco de la COP30, su presidente, el brasileño André Corrêa do Lago, publicó 12 cartas entre marzo de 2024 y enero pasado que marcaron los puntos de interés de su gestión. En el último documento, del 27 de enero, reconoció la marcha a dos velocidades, lo que da alas a la necesidad de modificar las cumbres climáticas donde toda decisión responde al consenso. Situó un primer nivel institucional basado en la aprobación colectiva y otro, centrado en la aplicación, con un énfasis creciente en la movilización, difusión y despliegue de recursos, actores, coaliciones de los dispuestos y mecanismos a escala mundial. La reunión alternativa de Santa Marta, que tendrá un programa de ciencia climática y la sesión política, recoge los esporádicos episodios coperos que tomaron al toro fósil por los cuernos. A pesar de su relevancia, el Acuerdo de París no menciona a los fósiles, tabú que la COP26 de la ciudad escocesa Glasgow, en 2021, rompió tibiamente, al hablar de reducción del uso desenfrenado del carbón y la necesidad de eliminar los subsidios ineficientes a estos combustibles. El momento culminante ocurrió en la COP28 de Dubái, paradójicamente parte de una nación esencialmente petrolero, los Emiratos Árabes Unidos, donde los países reconocieron abiertamente la necesidad del abandono de los fósiles. El Sur global intentó lo mismo en Belém, pero chocaron con la negativa de países productores, encabezados por Arabia Saudí, de mencionar siquiera el elefante negro en la sala, en «un nunca más» que seguramente va a reeditarse en citas próximas y con el mismo resultado. El derrumbe del orden mundial internacional tiene en ascuas al sistema de las COP, que aún no sabe cómo reaccionar a las nuevas reglas del juego, pues tanto ese sistema como la Cmnucc surgieron en un contexto político concreto y específico que ahora ya desapareció y cuyo devenir aún es una incógnita, aunque la debilidad del ambientalismo sea ya una consecuencia evidente, que agrava la crisis climátca. A ello se suma el negacionismo climático, postura que encabezan gobiernos como el de Estados Unidos y su presidente Donald Trump y respaldado por grupos conservadores y empresas; el auge de la extrema derecha que ha obligado al viraje de acciones climáticas, especialmente en la UE; y cierta fatiga climática entre la ciudadanía y los medios de comunicación, víctimas también de los factores ya citados y no obstante la evolución de los efectos de la catástrofe climática. Las sedes de las últimas cumbres anuales marcan también la tendencia de elegir anfitriones de regímenes autoritarios y petroleros (Egipto en 2022, Dubái en 2023, Bakú en 2024 y ahora,