
rosario3.com · Feb 22, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260222T131500Z
Durante quince días, China entra en una dimensión que ningún otro país puede replicar en escala: el Festival de Primavera. Este año comenzó el 17 de febrero con el ingreso al Año del Caballo de Fuego. De esta manera, se activa la mayor coreografía humana del planeta. La temporada de viajes conocida como “Chunyun” concentra en pocas semanas miles de millones de movimientos internos que conectan centros industriales, provincias rurales y megaciudades a través de la red ferroviaria más extensa del mundo, un sistema aéreo de escala continental y una infraestructura vial diseñada para absorber picos masivos de tránsito. Ningún otro evento anual global concentra semejante volumen de desplazamientos. Es, en términos absolutos, el mayor movimiento periódico de personas en la historia contemporánea. Pero reducirlo a una postal multitudinaria sería un error analítico. El Festival no es solo una fiesta: es una redistribución temporal de población, renta y consumo en una economía de más de 1.400 millones de habitantes. Trabajadores migrantes que sostienen los polos industriales del este regresan a las provincias del interior, los estudiantes vuelven a sus ciudades natales, las fábricas ajustan turnos y los gobiernos locales recalibran metas. Mientras tanto, las plataformas digitales absorben picos de consumo que tensionan toda la infraestructura logística del país. El comercio electrónico, que ya representa una porción decisiva del consumo minorista chino, alcanza durante estas semanas niveles récord. El Festival funciona como un termómetro económico y como un ensayo general de coordinación nacional. Occidente suele mirar estas dos semanas como un paréntesis cultural. En tanto, Beijing las utiliza como paréntesis operativo. El ciclo zodiacal que se extenderá hasta febrero de 2027 no es un simple marcador simbólico, sino que es un ritmo estructural que organiza expectativas colectivas y prioridades políticas. En ese lapso se sincronizan decisiones administrativas, se revisan metas regionales, se ajustan planes productivos y, sobre todo, se refuerza el contrato social entre Estado y ciudadanía: estabilidad a cambio de disciplina y crecimiento a cambio de cohesión. Es en ese contexto que debe leerse el discurso que Xi Jinping pronunció el 16 de febrero ante más de dos mil invitados en el Gran Palacio del Pueblo. No presentó tablas estadísticas ni balances detallados sino que definió el clima interno del nuevo ciclo. El líder hizo referencia a un entorno “complejo y volátil”, a la necesidad de tener resiliencia económica y a continuar con avances en ciencia y defensa. También se refirió al inicio del XV Plan Quinquenal (2026-2030) y del autogobierno “pleno y riguroso” del Partido Comunista. Leído con atención, el discurso es un manual de prioridades hacia adentro. Al insistir en la resiliencia económica, Xi Jinping está reconociendo implícitamente tensiones estructurales: desaceleración inmobiliaria, transición hacia industrias de mayor valor agregado e incertidumbre externa. China cerró el último año con un PIB cercano a los 140 billones de yuanes -aproximadamente 20 billones de dólares- lo que equivale a alrededor del 17 por ciento de la economía mundial. El gigante asiático produce cerca del 30 por ciento de la manufactura global y alberga una clase media ampliada que ronda los 400 millones de personas. Es una potencia sistémica. Pero el crecimiento ya no es de dos dígitos y el modelo necesita reconfiguración. Al hablar de resistencia más que de expansión exuberante, Xi envía un mensaje psicológico: el sistema no solo crece, resiste. Cuando el mandatario subrayó la importancica de las capacidades científicas y tecnológicas, está apuntando a la autosuficiencia estratégica sin utilizar el término de manera explícita. Desde hace años, la dirección china impulsa la reducción de dependencias en sectores críticos como semiconductores avanzados, inteligencia artificial, telecomunicaciones y energías estratégicas para blindar al país frente a vulnerabilidades externas. El XV Plan Quinquenal es el nuevo tramo de ese proceso: consolidar la innovación propia como garantía de autonomía. No se trata de autarquía ni de cerrar la economía, sino de reducir vulnerabilidades en sectores críticos para que ninguna presión externa pueda condicionar decisiones soberanas. En términos simples, es blindar la modernización china para que el crecimiento y la estabilidad política no dependan de permisos tecnológicos o financieros otorgados desde fuera. Otro de los puntos que el líder enfatizó en su discurso fue la defensa nacional y el autogobierno riguroso del Partido. La señal es aún más interna. En los últimos años, la campaña anticorrupción ha alcanzado niveles sin precedentes. Altos mandos militares han sido destituidos. Solo en 2025, cerca de un millón de funcionarios fueron sancionados por violaciones disciplinarias según datos oficiales. La cohesión no es un concepto abstracto: es verticalidad. El Partido se disciplina a sí mismo para garantizar que el centro conserve control total sobre la estructura estatal y militar. Esa es la cohesión hacia adentro que buscó el discurso del Año del Caballo. No fue un ejercicio ceremonial. Fue una arquitectura de orden interno. Lo que Xi está consolidando puede leerse en tres niveles que se superponen y se refuerzan mutuamente. El primero es la cohesión de la élite dirigente. No se trata simplemente de disciplina partidaria, sino de alineación estratégica total con el núcleo central del poder. En el sistema político chino, donde el Partido estructura el Estado, controla el Ejército y dirige los principales sectores económicos, cualquier fractura en la cúspide no es una disputa interna: es un riesgo sistémico. La campaña disciplinaria y las destituciones de altos mandos no buscan solo corregir corrupción, sino eliminar ambigüedades en la cadena de mando y evitar la formación de polos autónomos de influencia. La concentración de autoridad reduce incertidumbre y garantiza que las decisiones críticas -económicas, militares o tecnológicas- respondan a un único centro de gravedad. El segundo nivel es la cohesión narrativa. En una misma secuencia, Xi enlazó la victoria contra Japón, el Día de la Recuperación de Taiwán y los aniversarios en Xizang y Xinjiang. No son referencias dispersas, son la construcción de un relato continuo. El pasado de resistencia, la integridad territorial y la modernización contemporánea se integran como etapas de una misma empresa histórica. De este modo, el proyecto político actual se legitima como continuación natural de una misión nacional inconclusa. El tercer nivel es la cohesión social. China enfrenta una transición demográfica profunda: en 2025 nacieron menos de ocho millones de bebés y murieron más de once millones de personas. A esto se suma, que más del 20 por ciento de la población supera los 60 años. El envejecimiento acelerado tensiona el mercado laboral, el sistema de bienestar y las expectativas de crecimiento. Cuando Xi insiste en la armonía y la estabilidad, está señalando la necesidad de gestionar esa transformación estructural sin permitir que derive en ansiedad colectiva o fragmentación generacional. El símbolo del caballo refuerza la pedagogía política. En la tradición cultural china, el caballo representa vigor y avance sostenido. No es impulso desordenado: es energía dirigida. Al invitar a “mantener la moral alta” y avanzar en la modernización, Xi convoca a una movilización disciplinada, no a una euforia espontánea. A diferencia del mensaje civil de fin de 2025, más orientado a balances cuantitativos, el discurso del Festival de Primavera es emocional y estructural a la vez. Está diseñado para el momento en que la nación se mira a sí misma. Y lo que el liderazgo quiere que vea es solidez. El Año del Caballo de Fuego comienza con linternas rojas, sobres digitales y millones de trenes en movimiento. Pero bajo esa coreografía cultural late una reorganización silenciosa del poder: disciplina ideológica, consolidación del mando, transición económica y planificación estratégica. El discurso no es festivo. Es estratégico. China celebra en público y se reordena en silencio. Y en el centro de esa reordenación hay una idea simple y decisiva: antes de proyectar poder hacia afuera, hay que asegurar que hacia adentro nadie suelte las riendas. China