
elciudadano.com · Feb 15, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260215T201500Z
El día 28 de enero del año 2026 el oro alcanzó su precio máximo histórico, bordeando los seis mil dólares la onza. Es decir, en ese momento, mil dólares compraban apenas un sexto de onza de oro, su mínimo histórico. Aún después de un violento rebote, el precio del oro cerró enero a 5.087 dólares la onza y en febrero continúa alrededor de ese nivel. Es decir, mil dólares no alcanzan a comprar hoy un quinto de onza de oro. De ese modo, el dólar perdió casi un quinto (-19,6%) de su poder adquisitivo en oro en el mes de enero de 2026, casi la mitad del mismo (-46,6%) en los últimos 12 meses y cuando cayó a su nivel mínimo, el 28 de enero, había perdido dos tercios de su poder adquisitivo en oro, en los últimos tres años. Por Manuel Riesco El precio del oro tiene al menos tres determinaciones principales que interactúan de manera compleja y muchas veces contradictoria. La primera es que se trata de un bien escaso. La segunda, derivada de la anterior, es que está sujeto a un “superciclo” que se mueve en sincronía pero a contrafase del ciclo secular de las economías desarrolladas. La tercera es que el oro es la mercancía-dinero, cuyo “precio” en realidad refleja la solvencia de la moneda en que se cotiza. Esta última es hoy sin duda su determinante principal, la violenta alza de su precio hasta su máximo histórico en dólares, en un momento en que el superciclo del metal lo empuja, por el contrario, a la baja, está evidenciando el derrumbe de la moneda estadounidense a su mínimo histórico. Escasez El precio del oro, como el cobre y todas las cosas escasas, oscila constantemente porque depende exclusivamente de la demanda, pues su oferta no puede adaptarse a esta con flexibilidad. El precio de las mercancías normales, en cambio, depende exclusivamente de su oferta, pues la competencia lo empuja constantemente a igualar su costo económico de producción medio, el que incluye la ganancia empresarial media, determinada a su vez por la competencia de capitales en el conjunto de las industrias. La competencia en cada industria impulsa asimismo la innovación —verdadero motor del progreso en general— que baja establemente los precios de todas las mercancías normales en la medida que reduce el tiempo de trabajo que requiere su producción; que en definitiva determina su valor. Por añadidura, la oscilación usual de la demanda de cualquier cosa, se agudiza en las que son escasas, puesto que al modificar incesantemente su precio suele atraer la especulación, la que aparece como una segunda componente de su demanda; junto al consumo final, que es la condición general de existencia de cualquier mercancía. Para rematar su determinación de cosa escasa, el precio del oro siempre incluye renta, es decir, un sobreprecio sobre su costo medio de producción, valor transferido a sus propietarios a costa de una rebaja general de la ganancia media del capital en los mercados normales. Tal como sucede con el litio, cobre, aluminio y otras materias primas, su precio es con frecuencia casi pura renta, puesto que su costo de producción es pagado en buena medida por valiosos “subproductos” que les acompañan. Superciclo Por otra parte, la especulación, la segunda componente de la demanda de las cosas escasas, es la que determina el “superciclo” que describe el precio del oro, junto al cobre y otras materias primas, bolsas y monedas de las economías emergentes. El “superciclo” de este “complejo emergente (Authers)” es un “reflejo amplificado (Authers)” del ciclo secular de las economías desarrolladas pero, contradictoriamente, eleva aquel cuando este cae en sus fases de crisis; al crecer entonces su demanda por especulación, de parte de masas de capitales que no encuentran oportunidades de inversión productiva en ese momento. A la inversa, el “superciclo” se deprime cuando estos capitales regresan a financiar las fases de recuperación y auge del ciclo secular de las economías desarrolladas. De este modo, el oro y el cobre, elementos útiles para hacer joyas y tapar muelas o fabricar ollas y transmitir impulsos eléctricos, se convierten en instrumentos de especulación de grandes flujos financieros internacionales, los que determinan el “superciclo” secular de su precio, determinado a su vez por el ciclo secular de las economías desarrolladas. Por su parte, el ciclo secular (Authers) o ciclo “largo” de las economías desarrolladas, es la trayectoria que ha venido describiendo la sucesión de más de una treintena de ciclos “cortos” que cada siete años en promedio han generado una crisis, seguida de una fase de depresión, luego crecimiento lento que se acelera hasta culminar a todo vapor en una fase de “exuberancia irracional” y caer en una nueva crisis. La determinante principal de estos ciclos cortos —la evolución de la tasa de ganancia— fue bien establecida tras la primera de estas crisis “normales” del modo de producción capitalista, que ocurrió en 1825; antes hubo algunas crisis puramente financieras, como las de los tulipanes o la “burbuja de los mares del sur”. El primer ciclo secular, una sucesión a la baja de algunos ciclos cortos, seguidos de otros que se suceden hacia arriba, los que recuperan y finalmente sobrepasan el punto inicial, se extendió desde 1870 hasta 1901 y se denominó en ese momento la “gran crisis”. Fue constatado en 1925 por el estadístico y economista soviético Nikolai Kondrátiev, quien predijo entonces que la segunda “gran crisis” podría sobrevenir ¡en 1929! Los tres ciclos seculares siguientes se sucedieron a lo largo del siglo XX y el quinto se inició con este siglo, tocó fondo a fines de la primera década y se encuentra hoy a medio camino de recuperación. Según una sugerente constatación de Robert Brenner, su determinante principal puede ser asimismo la tasa de ganancia, cuya oscilación normal a lo largo del ciclo corto se agudiza debido a la baja tendencial de la misma en las industrias transables de las economías desarrolladas, las que enfrentan la competencia de economías emergentes que, al no estar afectadas por el peso muerto de tecnologías obsoletas, construyen las propias con los procesos más modernos disponibles. Esta trayectoria cíclica pesada de la economía mundial resulta de la interacción de los miles de millones de personas, agrupadas en cientos de millones de empresas, cuyo trabajo se incorpora a todas las mercancías que se venden en el mercado mundial —que en eso consiste esencialmente la moderna economía global—, las que se van influyendo mutuamente hasta coincidir en determinadas direcciones y sentidos. Algo similar se observa con la participación del pueblo trabajador en el espacio político y también en la trayectoria cíclica que describe el movimiento de las infinitas partículas individuales que conforman grandes masas de elementos naturales. En el caso de las primeras, ciertamente no se trata de fenómenos naturales, sino de la acción colectiva de miles de millones de seres humanos; constituyen de hecho sus formas de acción colectiva más poderosas. Por lo mismo, se constituyen en fenómenos objetivos, en el sentido que exceden la capacidad de ser determinados por la acción consciente de personas, grupos de personas o instituciones, por poderosas que estas sean; aún cuando estas pueden incidir y de hecho inciden levemente en su trayectoria, del mismo modo que un pequeño timón puede orientar la de un pesado transatlántico. Gráfico 1: Ciclos del modo de producción capitalista desde 1870 Fuente: Series www.cendachile.cl El precio del oro, junto al “complejo emergente” (Authers), oscila así a lo largo de décadas, en sincronía con el ciclo secular que describen las economías desarrolladas ¡pero a contrafase! Es decir, sus precios alcanzan máximos cuando las economías desarrolladas caen hasta la sima de sus ciclos seculares y, a la inversa, esos precios se derrumban cuando aquellas se elevan a sus cimas, usualmente presas en ese momento, por añadidura, de una “exuberancia irracional.” Es así que el precio del oro alcanzó un máximo de 2.840 dólares por onza en enero de 1980, precisamente en la sima o fondo del último ciclo secular del siglo XX. Luego, el precio del oro cae mientras la economías desarrolladas se recuperan —siempre oscilando, como se comporta el movimiento económico— a lo largo de las décadas de 1980 y 1990, hasta tocar un mínimo levemente inferior a 500 dólares la onza de oro en el último mes del siglo, precisamente cuando el ciclo secular alcanza su cima de máxima exuberancia. El siglo XXI se inicia con el derrumbe de la economía mundial en las sucesivas crisis “Punto com” y ”Subprime”, al tiempo que el precio del oro se recupera y eleva hasta alcanzar un nuevo máximo superior a 2.500 dólares la onza, a fines de la primera década, coincidiendo con una nueva sima o punto más bajo, del ciclo secular. Luego, el precio del oro vuelve a tomar un curso descendente y a fines del año 2018, estaba cerca de 1.500 dólares la onza. Desde ese momento, sin embargo, interrumpe su caída y retoma un curso ascendente que se acelera con la crisis COVID y se dispara hasta superar los 5.000 dólares por onza en el año 2025 y lo que va del 2026. El precio promedio del oro desde 1974, es decir, a lo largo de medio siglo, alcanza a 1.332 dólares la onza, es decir, mil dólares alcanzan a comprar algo menos de una onza de oro. Antes del año 1974, el precio del oro presenta fuertes oscilaciones tras el fin, decretado por el Presidente Nixon el 15 de agosto de 1971, de la convertibilidad de 35 dólares la onza establecida en Bretton Woods, precio que en moneda de hoy equivale a 316 dólares la onza. Es decir, la convertibilidad permitía en ese entonces cambiar mil dólares por tres onzas de oro, casi veinte veces más que el nivel mínimo de la moneda estadounidense alcanzado el 28 de enero del año 2026. El precio del cobre sigue una trayectoria parecida al oro, con precios muy elevados durante toda la fase de caída del ciclo secular iniciado en 1966 y que tocó fondo en 1980, alcanzando varias veces hasta dos veces por encima de su