
elprogreso.es · Feb 17, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260217T174500Z
Es tiempo de Carnaval. Disfraces, comidas, bailes, y otras diversiones ligadas a tradiciones en muchos lugares. Pero también muchos de los protagonistas de la polÃtica actual parecen participar en ese carnaval de manera duradera en el tiempo. El poder siempre ha tenido algo de teatro, aunque hubo un tiempo en que, tras el decorado, existÃa al menos el ejercicio de decir la verdad y la conciencia de responsabilidad. Hoy la escenografÃa lo abarca todo. La prioridad ya no es lo que sucede realmente, sino cómo se cuenta. No es la decisión, sino la narrativa que la envuelve. Lo conocido como el relato. En estas últimas semanas hemos vuelto a comprobar que si los resultados electorales no acompañan, la culpa se desplaza. Se buscan causas externas, conspiraciones mediáticas o herencias incómodas. Incluso, en un ejemplo de hasta donde algunos pueden llegar a ser ejemplos indignos de representantes públicos, se señala a quien ya no puede responder. El muerto como coartada es una forma extrema de eludir la responsabilidad de quien la utiliza. Nada más repugnante que culpar a quien ya no está para defenderse. Como habrán adivinado me estoy refiriendo al abominable caso de culpar desde el gobierno de España a un compañero de partido en Aragón que gobernó esa tierra durante 8 años y ha fallecido recientemente. Algo parecido hemos visto en un reciente accidente grave en una infraestructura pública, el guion tampoco se altera: nos hablan de incidencias, de protocolos, de informes técnicos. La responsabilidad polÃtica se evapora entre comunicados. Dimitir se ha convertido en una rareza casi antropológica, como si reconocer un fallo fuera más grave que el fallo mismo. También en la escena internacional la polÃtica adopta gestos calculados para consumo interno. No importa tanto el resultado diplomático como la fotografÃa, el mensaje, el encuadre ideológico. El adversario externo se convierte en figurante útil para reforzar el propio relato doméstico. Y mientras tanto, el discurso oficial proclama que vivimos el mejor momento de nuestra historia ferroviaria, económica o institucional. Puede que haya datos que lo respalden; puede que haya avances reales. Pero la insistencia triunfalista frente a la vivencia diaria de los ciudadanos revela algo más profundo: la convicción de que la percepción puede moldearse a golpe de eslogan, o de un relato fabricado con la finalidad de que repetido mil veces modifique esa percepción ciudadana. Pero como en todo carnaval, llegará un momento en que la música cese. Entonces, inevitablemente, las máscaras caen. Y cuando eso ocurra, no quedará el personaje cuidadosamente construido, sino el rostro verdadero. Veremos quien asumió responsabilidades y quien las esquivó; quien gobernó con verdad y quien administró relatos. Porque cuando se retiren las máscaras, ya no habrá escenografÃa que proteja la cara que quede al descubierto. El escenario polito actual en España, como he dicho, se parece hoy a una celebración prolongada con disfraces. La pregunta que me hago no es cuánto durará la fiesta, sino qué panorama veremos cuando termine.