
infovaticana.com · Feb 15, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260215T154500Z
El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, pronunció ayer un importante discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en una intervención plenaria seguida de un breve turno de preguntas que supone un cambio de paradigma en el discurso de los gobiernos, volviendo a reivindicar unas raíces fundacionales. El discurso fue una reconstrucción explícita de la noción de Occidente en clave civilizacional cristiana. No como un alegato técnico sobre seguridad ni una pieza diplomática convencional: sino como una reivindicación identitaria. Desde una perspectiva católica civilizacional, para Rubio el eje no es la OTAN ni el equilibrio de poder, sino la conciencia histórica de una tradición espiritual común. Rubio formula una tesis central: Europa y Estados Unidos no están unidos solo por intereses estratégicos, sino por una herencia compartida que hunde sus raíces en la fe cristiana, en el derecho, en la universidad medieval, en la revolución científica nacida en suelo europeo. Occidente no es presentado como una abstracción liberal, sino como una civilización concreta con fundamentos religiosos y culturales definidos. La insistencia en la fe como elemento estructural del vínculo transatlántico introduce una ruptura respecto al universalismo poshistórico que dominó el discurso occidental tras 1989. El diagnóstico es también moral. Se acusa a las élites occidentales de haber abrazado una ilusión: el “fin de la historia”, el comercio sin límites, la dilución de la soberanía en organismos internacionales, la apertura indiscriminada de fronteras, la subordinación energética y la desindustrialización deliberada. Desde esta óptica, el problema no es meramente económico o militar, sino una pérdida de confianza en la propia legitimidad histórica. Occidente habría internalizado una narrativa de culpa que lo paraliza. La propuesta es restauracionista. Reindustrialización, soberanía energética, control migratorio, reforma de instituciones multilaterales, autonomía estratégica tecnológica. Pero el núcleo no es técnico: es antropológico y cultural. Se defiende que los ejércitos no combaten por abstracciones, sino por pueblos concretos y modos de vida específicos. En ese punto, el discurso se alinea con una concepción clásica de la política como defensa de una comunidad histórica determinada. Desde el ángulo católico civilizacional, el elemento decisivo es la afirmación explícita de que la alianza transatlántica descansa sobre una tradición cristiana compartida. Se invoca la Capilla Sixtina y la catedral de Colonia no como ornamento turístico, sino como símbolos de una cosmovisión que dio forma a Europa y, a través de ella, a América. La civilización occidental se presenta como única, distintiva e irremplazable. Muchas gracias. Hoy nos reunimos como miembros de una alianza histórica, una alianza que salvó y cambió el mundo. Como saben, cuando esta conferencia comenzó en 1963, se celebraba en una nación —de hecho, en un continente— dividida contra sí misma. La línea que separaba el comunismo de la libertad atravesaba el corazón de Alemania. Las primeras barreras de alambre de púas del Muro de Berlín se habían erigido apenas dos años antes. Y sólo unos meses antes de esa primera conferencia, antes de que nuestros predecesores se reunieran aquí por primera vez, en Múnich, la crisis de los misiles en Cuba había llevado al mundo al borde de la destrucción nuclear. Mientras la Segunda Guerra Mundial seguía viva en la memoria de estadounidenses y europeos, nos enfrentábamos a una nueva catástrofe mundial, portadora de un tipo de destrucción sin precedentes, más apocalíptica y definitiva que todo lo que la humanidad había conocido hasta entonces. En el momento de este primer encuentro, el comunismo soviético estaba en plena expansión. Miles de años de civilización occidental estaban en juego. La victoria estaba lejos de estar asegurada, pero nos animaba un objetivo común. No sólo nos unía aquello contra lo que luchábamos, sino también aquello por lo que luchábamos. Juntos, Europa y América triunfaron, y se reconstruyó un continente. Nuestros pueblos prosperaron. Con el tiempo, los bloques del Este y del Oeste se reunificaron. Una civilización volvió a ser completa. El infame muro que había dividido a esta nación en dos cayó, y con él un imperio del mal, y el Este y el Oeste se convirtieron en uno. Pero la euforia de esta victoria nos llevó a una peligrosa ilusión: la de que habíamos entrado, según la expresión consagrada, en el «fin de la historia», que a partir de entonces todas las naciones se convertirían en democracias liberales, que los vínculos creados por el comercio sustituirían a la propia idea de nación, que el orden mundial basado en normas —una expresión manida— suplantaría al interés nacional y que viviríamos en un mundo sin fronteras en el que todos seríamos ciudadanos del mundo. Era una idea descabellada, que ignoraba la naturaleza humana y las lecciones de más de 5000 años de historia escrita. Y nos ha costado muy caro. En esta ilusión, adoptamos una visión dogmática del libre comercio sin restricciones, mientras que algunas naciones protegían sus economías y subvencionaban a sus empresas para socavar sistemáticamente las nuestras, cerrar nuestras fábricas, desindustrializar amplios sectores de nuestras sociedades, deslocalizar millones de puestos de trabajo de la clase media y trabajadora, y confiar el control de cadenas de suministro críticas a adversarios y rivales. Hemos externalizado cada vez más nuestra soberanía a instituciones internacionales, mientras que muchos países invertían en Estados del bienestar masivos en detrimento de su capacidad de defenderse. Y esto mientras otras naciones lanzaban el rearme militar más rápido de la historia de la humanidad, sin dudar en utilizar la fuerza para perseguir sus propios intereses. Para complacer a un culto climático, nos hemos impuesto políticas energéticas que empobrecen a nuestros pueblos, mientras que nuestros competidores explotan el petróleo, el carbón, el gas natural y muchos otros recursos, no sólo para alimentar sus economías, sino también para utilizarlos como palanca contra las nuestras. Y, en nombre de un mundo sin fronteras, abrimos nuestras puertas a una ola sin precedentes de migración masiva que amenaza la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestros pueblos. Hemos cometido estos errores juntos, y juntos debemos ahora a nuestros pueblos mirar la verdad de frente y seguir adelante para reconstruir. Bajo la presidencia de Donald Trump, los Estados Unidos de América emprenderán de nuevo la tarea de la renovación y la restauración, guiados por una visión del futuro tan orgullosa, soberana y vital como el pasado de nuestra civilización. Y aunque estamos dispuestos, si es necesario, a actuar solos, nuestra preferencia y nuestra esperanza es hacerlo con ustedes, nuestros amigos aquí en Europa. Estados Unidos y Europa están unidos por lazos indisolubles. América se fundó hace 250 años, pero sus raíces existen desde hace mucho más tiempo en este continente. Los hombres que construyeron la nación en la que nací llegaron a nuestras costas portando los recuerdos, las tradiciones y la fe cristiana de sus antepasados, un legado sagrado y un vínculo inquebrantable entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Pertenecemos a una misma civilización: la civilización occidental. Estamos unidos por los lazos más profundos que pueden compartir las naciones, forjados por siglos de historia común, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua, ascendencia y por los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización que hemos heredado. Por eso, a veces, los estadounidenses podemos parecer un poco directos y presionadores en nuestros consejos. Por eso el presidente Trump exige seriedad y reciprocidad a nuestros amigos europeos: porque nos preocupamos profundamente por su futuro como por el nuestro. Y si a veces discrepamos, esas discrepancias nacen de nuestra profunda preocupación por una Europa a la que estamos vinculados no sólo económica y militarmente, sino también espiritual y culturalmente. Queremos una Europa fuerte. Creemos que Europa debe sobrevivir, porque las dos grandes guerras del siglo pasado nos recuerdan constantemente que nuestros destinos están y seguirán estando indisolublemente unidos. Porque sabemos que el destino de Europa nunca dejará de tener consecuencias para nuestra propia seguridad nacional. Y esta conferencia, que se centra en gran medida en estas cuestiones, no se limita a consideraciones técnicas: cuánto gastamos en defensa, dónde y cómo la desplegamos. Estas cuestiones son importantes, sin duda, pero no son fundamentales. La cuestión fundamental es: ¿qué defendemos exactamente? Los ejércitos no luchan por abstracciones. Luchan por un pueblo, por una nación, por un modo de vida. Eso es lo que defendemos: una gran civilización que tiene todas las razones para estar orgullosa de su historia, confiada en su futuro y decidida a seguir siendo dueña de su destino económico y político. Aquí, en Europa, nacieron las ideas que sembraron las semillas de la libertad y cambiaron el mundo. Aquí surgieron el Estado de derecho, las universidades y la revolución científica. Este continente ha dado a luz a genios como Mozart y Beethoven, Dante y Shakespeare, Miguel Ángel y Leonardo da Vinci, los Beatles y los Rolling Stones. Y es aquí donde las bóvedas de la Capilla Sixtina y las majestuosas agujas de la catedral de Colonia no sólo dan testimonio de la grandeza de nuestro pasado y de la fe en Dios que inspiró estas maravillas, sino que también anuncian las maravillas que nos esperan en el futuro. Pero sólo asumiendo plenamente nuestro legado y estando orgullosos de este legado común podremos empezar a imaginar y a forjar juntos nuestro futuro económico y político. La desindustrialización no era inevitable. Fue una elección política deliberada, un proyecto económico de varias décadas que privó a nuestras n