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La fascinante historia de Franco Monti , el marchante de arte africano que se convirtió en artista en Ibiza y creó un bosque de esculturas
diariodeibiza.es
Published about 2 hours ago

La fascinante historia de Franco Monti , el marchante de arte africano que se convirtió en artista en Ibiza y creó un bosque de esculturas

diariodeibiza.es · Mar 1, 2026 · Collected from GDELT

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Published: 20260301T064500Z

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Un bosque de esculturas y pinos. Las personales esculturas de un artista autodidacta que dejó fluir su desbordante creatividad cuando se asentó en Ibiza, ya mayor, con una larga trayectoria a sus espaldas como marchante de arte, especialmente africano. Franco Monti, un artista «clandestino», según escribe el crítico e historiador del arte J. F. Yvars en el libro ‘Estelas de color. La escultura de Franco Monti’, publicado por Ediciones Ambit en 2005. «Jamás ha estado vinculado a grupos, escuelas o tendencias artísticas (…). La mirada de Monti es la del antropólogo, la del científico», prosigue. Pero ¿cómo acaba un bosque de una montaña de Sant Carles acogiendo una colección de esculturas de hormigón de colores hechas por un italiano fascinado por África?Su hijo, Jacopo, relata la historia de este singular artista en el porche de la acogedora casa payesa que sus padres reformaron respetando las líneas puras de la arquitectura tradicional ibicenca para convertirla en su hogar. Franco Monti nace en una familia burguesa de ingenieros, notables, pues tanto su padre como su abuelo electrificaron el norte de Italia. Mientras su hermano se dedica a la ingeniería textil en la gran industria italiana, Franco se inclina por las humanidades, el latín, el griego, el dibujo. «Le gustaba más trascender esas fronteras de la matemática e ir más a la imaginación. Ya desde los 12 o 13 años empieza a interesarse por el arte, dibuja, visita galerías y entra en contacto con la escena artística milanesa», explica Jacopo, depositario del legado de su padre, nacido en Milán en 1931 y fallecido en Ibiza en 2008. El legado de su obra escultórica y de su memoria, que Jacopo mantiene viva con la ayuda de su esposa, Susana García Moreno, incondicionales los dos de un artista tardío que se reinventó en la isla donde tanta gente ha dado un giro radical a su vida.El escultor Franco Monti y su guía dogón, el jefe Doró Bará, en Mali en 1960. / Laura OttolenghiFascinación por el arte africanoPero aún faltaban muchos años para que Franco decidiera instalarse con su familia en Ibiza. Tras la Segunda Guerra Mundial Milán renace y hay una escena cultural efervescente. El joven Franco frecuenta a artistas y conoce a Lorenzo Pepe, un escultor del norte de Italia muy conocido que lo apadrina y le anima a que siga con su investigación artística, figuras abstractas modeladas en arcilla con aire a Giacometti. También le apasiona la abstracción del antiguo arte cicládico, «por su esencialidad y pureza de forma», explica el propio artista a Yvars en la entrevista del libro ‘Estelas de color’: «Me gustaba mucho la escultura egipcia, abstracta, potente; la sumeria y el arte africano de intenso y arcano contenido. Me atraía un arte más bien de expresión y forma que de estilo», explica. Descubre el arte africano y le admira su geometría, la forma y la belleza de su escultura, por lo que decide profundizar en él y viaja a París, Bruselas y Londres, los tres centros más importantes del arte africano debido a los vínculos coloniales de estos países.El primer viaje a África en busca de esculturas rituales es muy complicadoFranco se suma así a la legión de artistas europeos fascinados por el arte africano, que a principios del siglo XX marca movimientos como el cubismo y a creadores de la talla de Picasso. El joven se forma como etnólogo en la Escuela de Etnología Francesa y durante su estancia en París conoce a Charles Ratton, «el mayor marchante y experto de arte africano que jamás ha existido». «Mi padre tuvo la suerte de conocer a Ratton, que le apadrina, y le sugiere que no se quede en Europa como marchante, sino que vaya directamente a África a buscar él mismo las piezas», prosigue Jacopo, que explica que su padre, junto con Ratton, organizó la venta de la famosa colección personal de arte del escultor británico sir Jacob Epstein al coleccionista italiano Carlo Monzino a principios de los años 60.Así empieza la aventura africana Con solo 23 años se lanza a la aventura africana y viaja a Mali: no tiene contactos ni guías, no conoce a nadie, no sabe cómo contactar con la gente para que le enseñen esculturas… Esculturas que eran usadas en los rituales religiosos y totémicos para comunicarse con los antepasados y con fines espirituales. «La mayoría de estas poblaciones eran animistas, por lo que para comprender el uso de estas obras de arte había que comprender las creencias animistas, donde tú siempre estás en un equilibrio con tu entorno, tu historia y tu futuro, y trasciende lo elemental, lo físico -explica Jacopo-. Esto también se traslada a la mentalidad que tienen estos pueblos, que han sufrido muchísimo, desde esclavitud a hambrunas y guerras, pero en un pasado habían mantenido un nivel de espiritualidad y felicidad espiritual de la que nosotros carecemos en nuestro mundo occidental».El artista vierte hormigón en un molde con la ayuda de su hijo, Jacopo, en su casa de Sant Carles. / FAMILIA MONTIÁfrica transforma al joven marchante italiano. Y África aflora en la escultura que creará muchos años después en su retiro ibicenco: en esos tótems de geometría inventada, misteriosos en su altivez y en sus curvas delicadas pero contundentes, que invocan un imaginario irracional de sueño, espiritualidad y emoción. «Mi padre siempre decía que llevaban el sufrimiento con una dignidad que era posible gracias a su entendimiento de la vida como una parte más de un universo, de la gran naturaleza, de la gran tierra, que trasciende tu sufrimiento; formas parte de una energía que se transmite por todos los lados», continúa Jacopo.1954: llega a Mali con 23 añosPero habíamos dejado a Franco en Mali, 23 años, 1954, sin saber por dónde empezar. Las esculturas rituales están guardadas en las casas, a menudo de los jefes o los hombres medicinales de la tribu. Son objetos sagrados que se utilizan en ritos de iniciación, para convocar a la lluvia, ayudar en la caza, proteger en las guerras… Aquel primer viaje es muy complicado. Un hombre blanco que dice que busca esculturas, pero despierta sospechas de que en realidad va detrás de diamantes o petróleo… Casi al final del viaje conoce a un hombre que sería su guía durante años: le convence de que quiere comprar esculturas a un precio digno. «Siempre decía que para que te aceptaran tenías que ser muy respetuoso y enseñar todas las cartas, y adaptarte a su manera de vivir», agrega su hijo. Después de varios viajes logra crear una red de informadores que le avisan de dónde hay esculturas interesantes. Tiene una base en las capitales de cada Estado, pero en el hotel se limita a hacer el check-in por exigencias de la Policía, y luego se va a vivir con las familias de sus guías. «Quería estar en contacto con la cultura y las creencias para comprender mejor a la gente que creaba esas maravillosas obras de arte», añade Jacopo. Al mismo tiempo, se produce un cambio importante en las nuevas generaciones, por el contacto con la cultura occidental: dejan de lado las creencias y rituales y pierden interés por su propia cultura animista. Este hecho inclina a algunos jefes a acceder a vender esculturas.Dibujo de una escultura con medidas y posible peso. / FAMILIA MONTIDurante veinte años Franco continúa viajando al África subsahariana para comprar esculturas y máscaras y otros objetos rituales que después vende, a menudo sobre encargo, a coleccionistas y museos europeos. Es un marchante prestigioso que tiene muy buena reputación. En algunos de estos viajes le acompaña su joven esposa, Laura Ottolenghi, con la que se casa en 1956. Ella será una pieza clave para Franco, pues en Milán se encarga de recepcionar las obras que envían a Italia desde África, y de la relación con galeristas y coleccionistas, así como de la parte burocrática y administrativa. Franco llega a pasar hasta diez meses al año en África, en varias etapas.Bosque de pinos, sabinas y esculturasEl latido de África bajo esas esculturas de hormigón de colores, de formas rotundas, verticales, elevadas hacia las copas de los árboles y horizontales, curvadas sobre la tierra, que salen al paso con la misma naturalidad que los arbustos, las sabinas o los pinos. Están en su sitio, elegido minuciosamente por su creador, llevadas hasta allá con una retroexcavadora en una complicada operación. Este bosque de esculturas es una de esas maravillas incomprensibles que encierra Ibiza, una isla donde todo es posible, hasta la historia de un marchante enamorado de África que había enterrado sus sueños juveniles de artista, que elige para vivir una casa situada muy cerca de la de un gran pintor, y que se hagan amigos, y que esta relación despierte una actividad creativa tardía pero febril, obsesiva, en Franco. Ahí está aún su taller, donde se acumulan sus herramientas, los materiales con los que armaba moldes especiales para crear sus formas tan personales. Decenas de esculturas dialogan en silencio. Rumor de brisa de mar en el bosque seco del verano ibicenco. Tiempo detenido en una montaña frente al mar. Qué extraño estar en esta burbuja mientras las carreteras bullen de tráfico y de agosto y en las playas no hay sitio para extender la toalla. Esto, también, es Ibiza.La historia se ramifica en este punto, pues Jacopo quiere hablar de su madre: «Parte de la familia de mi madre terminó en los campos de concentración, porque mi abuelo materno era un rabí que se había casado con mi abuela, que no era judía. Tuvieron que escapar durante la guerra a Suiza, donde estuvo en un campo de acogida, que como dice mi madre, de acogida tenía poco. Mi abuelo materno consiguió que les sacasen de este campo de acogida y les dejasen vivir en Suiza trabajando bajo la tutela de un empresario suizo que había sido colaborador suyo».Los tiempos cambian. Cada vez es más difícil encontrar obras de arte tradicional, creado para uso ritual. Hay un mercado negro y de contrabando en el que Franco no quiere involucrarse. Siente la necesidad de volver a lo que le habría gustado hacer: «Esculpir y transmitir lo que él sentía», explica


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