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La complejidad de lo absurdo
eldiariodecarlospaz.com.ar
Published 5 days ago

La complejidad de lo absurdo

eldiariodecarlospaz.com.ar · Feb 17, 2026 · Collected from GDELT

Summary

Published: 20260217T191500Z

Full Article

Hace más de 30 años que comencé mi andadura por el mundo de la medicina, dedicada a una especialidad con escasa representación en el hospital, y por tanto, con escasa complejidad en términos gerenciales: la endocrinología. En mis primeros años intentábamos ejercer lo que hoy algunos llaman, casi con nostalgia, medicina hipocrática. Preguntar qué le pasa al paciente. Explorar. Pedir pruebas cuando eran necesarias. Diagnosticar. Tratar. Revisar. Acompañar durante años, porque nuestras enfermedades rara vez se resuelven en semanas. Aquella medicina tenía algo más que ciencia: tenía contexto. Sabíamos que la vida del paciente no terminaba en la consulta. La medicina hipocrática nos daba una visión holística de la persona; nos permitía adentrarnos en el intersticio no solo físico del paciente, sino también en el socioeconómico. Es más, recuerdo aquellos protocolos en los que se tenía en cuenta el poder adquisitivo de los enfermos a la hora de prescribir tal o cual medicamento según su precio de venta al público. Aquello puede ser recordado en especial en el mundo de las estatinas: la barata y la cara y de los antidiabéticos orales. Había guías para pueblos más pobres en los que se recomendaban las sulfonilureas y guías para pueblos más ricos donde éstas quedaban aparcadas para utilizar otros fármacos, mucho menos potentes y eficaces en bajar la glucosa, pero tremendamente más caros por ejemplo los inhibidores de la DPPIV. Hasta la propia ADA sucumbió a esta práctica. Aplicábamos también el sentido común en el que primaba, especialmente, el evitar un daño innecesario: aquello que no iba a ser seguido de una reacción en la que el sujeto adquiriera ventaja sobre su proceso de enfermedad, no se aplicaba. Fue durante esos años, cuando más se desarrolló el concepto médico de protocolo. Así se elaboraron guías para cualquier proceso que fuera de nuestro interés: hipertensión diabetes, disfunción tiroidea. Con unos algoritmos sencillos en los que volaban flechitas en diferentes direcciones según resultado de la aplicación del protocolo, nos movíamos seguros en el mar de las hormonas y la diabetes. Eran muy fáciles de aplicar y no dejábamos nada a la especulación o al azar. Si no nos servía el camino que habíamos tomado, bien podríamos volver a la casilla de salida y elegir otra flechita. De esta manera fuimos evolucionando hacia una medicina más administrativa y burocrática al servicio de nuestro sistema de salud autonómico con el fin de ahorrar: recorte por aqui, recorte por allá y ese era el gesto de los gerentes en toda Andalucía, especialmente en el Hospital de Jaén donde tuve el gusto de servir durante 25 años. La proliferación de protocolos no nace solo del afán científico, sino también de Medicina defensiva, la judicialización, la gestión de riesgos y de la cultura de la trazabilidad y la auditoría. Poco a poco el sentido común se fue diluyendo para dar paso a la seguridad de los protocolos que otros habían diseñado, yo misma participé en la elaboración de alguno de ellos y de su puesta en marcha en el servicio andaluz de salud e incluso, a nivel nacional a través de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN). Hoy día me veo reflexionando, más próxima a la edad de la jubilación, acerca de este tema mientras dialogo con mi joven amigo residente de primer año de medicina interna. Le cuento mi cuita del día: quizá me jubile cuando llegue a la edad, no me volveré a reenganchar; no es por no tener los conocimientos suficientes acerca de mi especialidad, eso lo puedo actualizar cuando quiera. Sino porque no sé si puedo soportar la complejidad de lo absurdo. El estudiar un nódulo tiroideo de 15 mm porque le ha salido en el PET-TAC solicitado por otro motivo a una anciana de 90 años. Nadie ha sabido decirle desde un primer instante a esa señora que lo suyo no tiene importancia; bien al contrario, oncología se ha percatado del hallazgo y lo remite a endocrinología. Y endocrinología, sujeta a los protocolos vigentes, se ensaña con la abuela y le pide eco y punción del nódulo e incluso, se plantea, la posibilidad de cirugía en caso de que la punción resulte “sospechosa”: qué término tan cruel que aboca a la toma de decisiones en las que no hay ni una pizca de sentido común. Hemos dado un giro de guion insoportable para los que tenemos una edad: la medicina clásica se apoyaba en lo que Aristóteles llamaba phronesis: prudencia práctica, juicio contextual. La medicina protocolizada se apoya en la probabilidad, el riesgo poblacional, la estandarización (de ahí el término random que tanto utilizan los jóvenes sin saber ni siquiera su significado) y la reducción de la variabilidad. A eso es a lo que creo que no voy preparada. Actualmente esos protocolos se quedaron totalmente obsoletos con la llegada de la inteligencia artificial (IA). Cualquiera de estos programas se convertirá en la coctelera perfecta en la que ir añadiendo hallazgos, resultados, exploraciones, etc. y del amasijo de los mismos en un ambiente adecuado, saldrá la solución perfecta para no pensar en una negligencia. Probablemente su familiar acompañante acuda asesorado por los mismos sistemas de IA pidiendo aquello que le han propuesto desde su pantallita. Al principio, estupefactos, creeremos que podemos vencerlos con nuestra sapiencia de adultos profesionales con un alto nivel de experiencia. Seguramente, plantearemos el mismo propósito del familiar con el paso de los meses y la cronificación de un problema que no deja de ser la absurdidad más insufrible. La IA da un paso más hacia la nueva práctica de la medicina que se sostiene en correlación masiva, la predicción probabilística sin comprensión causal y la optimización de resultados agregados. Este giro de guion es el siguiente: la prudencia clínica acepta la incertidumbre. El algoritmo intenta neutralizarla. Actualmente los médicos nos convertimos en simples validadores de la información que aportan los pacientes y la consulta se convierte en negociación, y en ese estado de cosas, se afecta claramente la confianza, la sensación de culpa del profesional, la responsabilidad incluso en términos de judicialización y, por supuesto, la experiencia en el error. No los va a haber. Al menos no errores humanos: “yo hice lo que la estandarización del protocolo dice que haga”. No aborrezco de la IA, pienso que puede ser una herramienta de gran ayuda para ganar tiempo y disminuir los errores en diagnóstico y tratamiento. Bien utilizada se muestra muy útil. Pero la medicina no es solo una ciencia aplicada, es relación asimétrica con responsabilidad moral y asumir el peso de decidir por otro cuando ese otro no puede. Porque ningún sistema, por sofisticado que sea, mirará a la cara de la paciente y le tomará las manos con sosiego para decirle: “No se preocupe. Esto no tiene importancia. Viva tranquila.”


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