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blogs.elconfidencial.com · Mar 1, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260301T051500Z
En ‘La extraña pareja’, una deliciosa película de hace más de medio siglo basada en un obra del genial Neil Simon, dos divorciados comienzan a vivir juntos tras la crisis existencial de uno de ellos. Son viejos amigos, pero mientras uno se comporta de forma exquisitamente ordenada y servicial, cocinando con amor y limpiando la casa (Jack Lemmon), el otro (Walter Matthau) es un caos que todo lo deja manga por hombro. A uno le gustan los detalles más delicados y el otro, fullero y bribón, ofrece grasientos bocadillos verdes y marrones, así los presenta, a sus compinches de póker. “¡Aún siguen aquí los desperdicios de la partida de la semana pasada!”, exclama escandalizado uno de los jugadores mientras muestra un mugriento plátano recogido del suelo. Al final de la película las cosas cambian, y antes de despedirse hasta la siguiente partida, el bueno de Lemmon, con una mirada un tanto cínica, le dice a su camarada: “Una pareja puede pelearse, pero el juego es el juego”. Feijóo y Abascal no son viejos amigos ni, que se sepa, han compartido peripecias personales, pero sí forman una extraña pareja, como lo fueron Lemmon y Matthaw en otras muchas películas. Les une, eso sí, que algún día pertenecieron al mismo partido político y, por supuesto, que se necesitan: el juego es el juego. El primero para sobrevivir políticamente. No tiene más oportunidades: o todo o nada; mientras que el segundo sabe que el desgaste del PP pasa circunstancialmente por pactar con Génova hasta derribarlo. Lo dijo hace algún tiempo José María Aznar sin tapujos en este periódico: “Vox nació como una escisión del PP, pero Vox es hoy un deseo de exterminar al PP”. El bueno de Lemmon, con una mirada un tanto cínica, le dice a su camarada: "Una pareja puede pelearse, pero el juego es el juego" Aunque su química personal es manifiestamente mejorable, ambos han hecho de tripas corazón para entenderse o, al menos, para trasladar a la opinión pública que lo suyo va en serio. Sin embargo, lo último que querría el líder del PP, heredero hasta que llegó a Madrid de una cultura política distinta, es aliarse con Vox, pero a la fuerza ahorcan. Feijóo necesita a Abascal e, incluso, ha demostrado que está dispuesto a utilizar el mismo lenguaje cerril para ocupar su espacio político. Abascal, por su parte, sabe que se beneficia de vientos políticos de cola a su favor, tanto en la política nacional como los procedentes del exterior, y de ahí que lleve la iniciativa amparado en un factor de indudable transcendencia táctica. Al contrario que le sucedió a la izquierda del PSOE cuando entró en el Gobierno de Pedro Sánchez, no necesita en estos momentos tocar poder. Básicamente, por dos razones. La política del desgaste Por un lado, Vox continúa creciendo en las urnas sin desgaste alguno, incluso se permite el lujo de depurar a algunos barones regionales porque no tiene coste político; y, por otro, quien se está desgastando en el plano autonómico es el PP, aunque también a nivel nacional. El Partido Popular, de hecho, parece haber tocado techo en las encuestas en la medida que su fuente de votos (el PSOE) se está secando, mientras que, por el contrario, Vox todavía puede rascar votos procedentes de una masa electoral muy voluble —entre cuatro y cinco millones de votos— procedentes del descontento y de la no integración política, y que un día votaron a Podemos o Ciudadanos y hoy lo haría por el partido de Abascal. Por decirlo de una manera directa, Vox, mientras suba electoralmente, no tiene prisa ni incentivos para entrar en los gobiernos, salvo cuando vea que su ascenso se ha frenado. Cuando llegue ese momento, querrá tocar poder, pero, como enseña el mus a quien lo practica, jugador de chica, perdedor de grande. O dicho de otro modo, el premio gordo es adelantar al PP, como estuvo a punto de hacer Podemos al PSOE en 2016 (se quedó a menos de 400.000 votos). ¿La causa? No es lo mismo formar parte de un gobierno con una correlación de fuerzas cuatro a uno que con otra que sea dos a una, ya que la capacidad de influencia en el segundo caso es enorme, también en el ámbito constitucional. Es por eso por lo que Feijóo y Abascal, con el mismo origen pero distintos intereses, se necesitan, aunque por razones muy diferentes. Génova sigue pensando que Vox es un accidente histórico que le ha tocado vivir a la actual derecha, pero que cuando llegue al poder tenderá a diluirse. En países con una tradición de pactos de gobierno, de hecho, es lo que ha sucedido. Lo tradicional ha sido que el partido mayoritario salga fortalecido tras un Gobierno de coalición, pero ese es, probablemente, un razonamiento que corresponde al pasado, a otra época de la política. Vox, mientras suba electoralmente, no tiene prisa ni incentivos para entrar en los gobiernos, salvo que vea que su ascenso se ha frenado Los partidos como Vox, al menos a corto y medio plazo, han venido para quedarse por una razón muy simple. Las estructuras políticas e institucionales que nacieron en la posguerra mundial —y también en España— se han quebrado. Los discursos en defensa de la democracia representativa ya no calan entre amplias capas de la población y, por el contrario, emergen nuevas formas de hacer política, menos convencionales, aunque de carácter sistémico. Hoy, tanto los algoritmos como las redes sociales y las plataformas de streaming, que pueden reunir a cientos de miles de personas, muchas más que cualquier mitin masivo, determinan el comportamiento político de muchos ciudadanos. Sin contar el papel clave de la educación, superada por una corriente mercantilista que desprecia los valores humanistas. La democracia, de hecho, no cuenta ya con el prestigio que tuvo en el pasado. Ni siquiera en países con una corta tradición, como es España. Es decir, se ha creado un caldo de cultivo propicio para que crezcan quienes impugnan el orden de las democracias liberales. Donde dije digo… Fue esa concepción antigua de la política lo que llevó a Feijóo a poner un puente de plata a Vox para que entrara en los gobiernos autonómicos. Sin ningún condicionamiento y mediante la aplicación estricta del viejo: donde dije digo, digo Diego. Incluso, abriendo las puertas de par en par para que Abascal participe en un hipotético futuro en el Gobierno nacional, como lo demuestra el documento presentado este pasado lunes. Ni 24 horas ha durado su utilidad. Precisamente, porque su compañero de baile quiere esperar para entrar en escena en la última canción. El entreguismo es tan evidente que en ocasiones, hasta el propio Feijóo, en aras de seguir conviviendo en el piso común, practica esa verborrea agresiva que caracteriza al líder de Vox. Incluso amparando bulos sobre la salud de Sánchez, una frontera de deshumanización política que sólo ha franqueado la diputada Cayetana Álvarez de Toledo desde 1977. Fue esa concepción antigua de la política lo que llevó a Feijóo a poner puente de plata a Vox para que entrara en las regiones Así hay que interpretar el adelanto electoral de Extremadura y Aragón, que no sólo pretendían desgastar al PSOE con unos previsibles malos resultados electorales, un interés legítimo, sino convertir a Vox en un partido subalterno del PP en las regiones en las que fuera necesario. Todo ha salido mal. Abascal, el compañero de viaje de Feijóo, lleva hoy la iniciativa y el PP está a merced de lo que diga Vox, lo que le da una clara ventaja posicional. La agenda la marca Bambú y no Génova, cuyos dirigentes asisten inertes a una continua humillación pública. Precisamente, porque mientras el populismo de extrema derecha tenga vientos propicios no necesita tocar el poder. Como máximo estará en condiciones de apoyar desde fuera gobiernos del PP, pero sin mancharse las manos. ¿El resultado? El ordenado y solícito Feijóo, como Jack Lemmon en ‘La extraña pareja’, que llegó de Galicia hace casi cuatro años para derribar lo que llama el sanchismo, está en trance de perder su identidad como dirigente de un partido de centro derecha, lo que tiene una indudable relevancia estratégica. Su antagonista en la ficción, sin embargo, está como en casa. Nada mejor que la política de aspavientos para crecer entre electores volubles inflamados por una nueva forma de hacer política. Lo que enseña la historia, sin embargo, y hay ejemplos muy recientes también en la izquierda, es que cuando los partidos centrales del sistema pierden su vocación mayoritaria y se olvidan de ensanchar sus bases sociales para favorecer el entendimiento, otros partidos ocupan ese espacio. En La extraña pareja lo resolvieron felizmente. En ‘La extraña pareja’, una deliciosa película de hace más de medio siglo basada en un obra del genial Neil Simon, dos divorciados comienzan a vivir juntos tras la crisis existencial de uno de ellos. Son viejos amigos, pero mientras uno se comporta de forma exquisitamente ordenada y servicial, cocinando con amor y limpiando la casa (Jack Lemmon), el otro (Walter Matthau) es un caos que todo lo deja manga por hombro. A uno le gustan los detalles más delicados y el otro, fullero y bribón, ofrece grasientos bocadillos verdes y marrones, así los presenta, a sus compinches de póker. “¡Aún siguen aquí los desperdicios de la partida de la semana pasada!”, exclama escandalizado uno de los jugadores mientras muestra un mugriento plátano recogido del suelo. Al final de la película las cosas cambian, y antes de despedirse hasta la siguiente partida, el bueno de Lemmon, con una mirada un tanto cínica, le dice a su camarada: “Una pareja puede pelearse, pero el juego es el juego”.