
analitica.com · Feb 26, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260226T110000Z
El 03.01 marca un punto de radical inflexión en las relaciones que se dan entre los EE UU y Venezuela (y en América Latina en general). La llamada extracción de Maduro no fue igual a la de Noriega en Panamá. Cierto es que la “ideología de la extracción” fue la (supuesta) vinculación entre Maduro y el narcotráfico. Pero eso ni el mismo Trump lo cree. Tampoco el objetivo fue “salvar” a Venezuela de una atroz dictadura, como era la de Maduro. Todos sabemos que Trump cultiva intensas relaciones políticas con las más furiosas dictaduras del planeta, entre ellas con la Rusia de Putin y, por eso mismo, está muy lejos de ser un luchador por la democracia fuera o dentro de su país. Del mismo modo, aunque muchos no crean, su interés primordial no era hacerse del petróleo venezolano. Lo declaró el mismo Trump: “tenemos suficiente petróleo, no necesitamos más”. Y es cierto. Cierto también es que el petróleo juega un papel adicional y Trump no va a decir nunca no a la oportunidad de hacer un buen negocio como fue el que hizo con Delcy Rodríguez. Pero si bien no le interesaba en primer lugar el petróleo venezolano sí le interesaba que ese petróleo no fuera a parar a manos chinas, o rusas, o iraníes. Pues bien, ahí se encuentra un punto histórico de inflexión. LA INFLEXIÓN La extracción de Maduro tiene que ver antes que nada con la implementación de la Doctrina Trump que Trump adjudica a Monroe. Esa doctrina dice: En una era marcada por el predominio de los tres imperios, los EE UU se encuentran en la obligación de asegurar “espacios vitales”, en este caso, los del “hemisferio occidental”. Esa, por cierto, no es una idea de Trump. Es un mandato impuesto por la reformulación de la Estrategia de Seguridad Nacional de los EE UU, hecha bajo su mandato. En ese documento yace el punto de inflexión. La extirpación de Maduro es solo una de sus consecuencias. Maduro, es sabido, había entregado económicamente su país a China y militarmente a Rusia. De acuerdo al espíritu y a la letra de la nueva estrategia la ocupación económica de China no podía ser aceptada por el gobierno de los EE UU. Menos la intromisión militar de Rusia. Trump puede tolerar -lo estamos viendo- a Rusia en Europa, pero no en América Latina. En esa misma línea, no sabemos que es lo que ha conversado Delcy Rodríguez con Putin y Rubio. Pero lo más probable es que la presidenta encargada ha asegurado que rusos, chinos, iraníes deberán hacer sus maletas cuanto antes. Si no hubiera sido así, ella no estaría en el poder. Las conversaciones entre Rodríguez y Trump, según confesión de las partes, tenían lugar desde hace tiempo. La intervención de Maduro fue, de eso ya no cabe duda, un resultado de una conspiración hecha al más alto nivel. Que la presidenta encargada continúe afirmando que el presidente legítimo es Maduro forma parte del juego político, no nos engañemos. Lo contrario significaría echarse encima a sectores pro-maduristas que evidentemente existen al interior del PSUV. Lo cierto es que con Rodríguez en el poder ha comenzado un tercer capítulo en la ya larga historia del chavismo. La inmoral pero genial extracción de Maduro marca una ruptura con el madurismo del mismo modo como Maduro rompió con el legado de Chávez. Vista así, la historia del chavismo es la historia de sus mutaciones. Creo que esta tesis merece ser explicada. CHAVISMO MUTANTE El gobierno de Chávez, pese a que el caudillo provenía de las filas militares, fue mucho menos militar que el del civil Maduro. Fue, y en ese punto creo que podríamos estar de acuerdo, un gobierno populista. Desde esa visión, el de Chávez no puede ser considerado como un simple gobierno de izquierda, como lo fueron el de Allende, o el de Mujica e incluso el de Evo Morales, solo para poner algunos ejemplos. El de Chávez fue el segundo gran movimiento populista de América Latina. El primero, obvio, fue el de Perón. Chávez, eso está claro, se sirvió, al igual que los peronistas, de fragmentos ideológicos de izquierda pero nunca pudo ocultar que el no provenía de una cultura política de izquierda, como sí Maduro. Su discurso era en primera línea nacionalista y solo en una segunda, socialista, combinación que ha dicho decir a algunos tipólogos, que el de Chávez era un gobierno fascista. Tipologías aparte (a veces solo sirven para enredar) el de Chávez fue un gobierno populista, entendiendo por populismo un movimiento de masas fragmentadas que se identifican con una figura mesiánica situada más allá de la Constitución y de las Leyes, cuyo objetivo histórico reside más allá de la realidad inmediata. De acuerdo con esa definición, como ya veremos, el movimiento que encabeza María Corina Machado, también es populista. Sin masas fragmentadas y sin líder mesiánico no hay, en efecto, populismo. Siguiendo a esa constatación, Maduro no fue populista. El sucesor de Chávez pese a sus bailes públicos y sus malas imitaciones del tono oratorio del caudillo muerto, estaba lejos de ser una figura mesiánica o un líder de masas. Por eso, cuando fue extraído del poder, no hubo huelga general ni nadie bajó de los cerros a defenderlo, como había prometido Maduro un par de días antes de que se lo llevaran. Todo lo contrario. El sentimiento general, incluyendo el de muchos chavistas, fue de alivio. La mayor desgracia de Maduro no reside en su derrocamiento sino en su terrible soledad. Si asumimos una idea del antropólogo René Girard, el chavismo ha encontrado en Maduro el chivo expiatorio que necesitaba para ser culpado de la ruina económica y moral que vive el país. Del mismo modo como su extirpación abrió la posibilidad para que el chavismo cambiara por segunda vez de rostro y forma y, rectificando pudiera, si no conservar el poder, al menos sobrevivir como fuerza política. Por eso afirmamos: con Delcy Rodríguez el chavismo experimenta una tercera mutación. El de Rodríguez es el tercer chavismo. Chávez convirtió al movimiento populista en un estado populista. Maduro convirtió al estado populista en un estado policial y militar. Delcy –esa es al fin la misión que le ha encomendado el gobierno de Trump- sin abandonar el militarismo consustancial al régimen, intentará convertir al chavismo en un estado político, abriendo un camino de transición hacia una república en la cual el nuevo chavismo buscará recuperar el poder que perdió con Maduro, ya sea conservando la presidencia, ya sea como principal partido de oposición. Para cumplir esos objetivos, Rodríguez necesita caminar los tres pasos recomendados por Rubio: 1) generación de estabilidad política mediante el uso de la diplomacia y de la fuerza, 2) dirigir la recuperación económica administrada por EE UU y 3) crear las condiciones para nuevas elecciones en las que, si se sigue portando tan bien como está sucediendo, Delcy podría llegar a ser la candidata de Trump en Venezuela, en desmedro de la figura mítica de la oposición: María Corina Machado. Se trata, como vemos, de una apuesta. Ya veremos que es lo que pasa. Todavía es temprano para dedicarnos a hacer augurios. Lo que sí hay que tener presente es lo siguiente: Delcy Rodríguez no es solo la continuación de Maduro. Representa también un proyecto de restauración del chavismo bajo nuevas condiciones, estableciendo una alianza inédita con el gobierno norteamericano. Un proyecto que, además, podría servir a Trump para transportarlo a otros países de la región. EL TUTELAJE POLÍTICO Que ese proyecto hubiera comenzado en Venezuela y no en Cuba, por ejemplo, se explica fácilmente. De las tres dictaduras de “izquierda” latinoamericanas, la de Maduro era la más desprestigiada, no solo en América Latina sino, además, en el mundo. El fraude cometido el 28 de julio fue tan grotesco, que nadie, incluyendo a gobiernos de izquierda, se atreve a negar. Hay en efecto, una línea que lleva desde el 28 de julio al 3 de enero. Pero no es una línea directa como imaginan los seguidores de María Corina Machado. El 28 de julio fue un punto más para justificar la extracción de Maduro el 3 de enero, pero no para implantar la democracia en el país. Hoy, ya lo estamos viendo, el propósito de Trump era asegurar la permanencia del chavismo si este aceptaba las condiciones impuestas por los EE UU. Si la conexión entre Machado y Trump hubiera sido directa, Trump habría proclamado presidente del país a Edmundo González. En otras palabras, Trump no siguió la línea del machadismo. Al contrario, la contradijo. No fueron entonces las desesperadas súplicas de Machado las que lo impulsaron a la intervención sino, como ya hemos precisado, fue el propósito de Trump por asegurar geoestratégicamente a Venezuela como protectorado norteamericano en el hemisferio Occidental la razón suficiente que lo llevó a intervenir en el maltratado país. De hecho, a Trump le pareció que Venezuela estaba a mejor resguardo bajo el mandato de Delcy que bajo el mandato indirecto de María Corina. Los hechos hablan por sí solos. Eso no quiere decir, y esto es muy pero muy importante, que Delcy sea, como ya ha sido presentada por los propagandistas de Machado solo una servidora obsecuente de Trump; una “empleada”, como la llama un ingenioso académico machadista. La amnistía, en su forma y en su legalidad, está siendo determinada por los intereses políticos del tercer chavismo. Los eventuales cambios de gobierno, los llevará a cabo la presidenta. Lo mismo ocurre con los nombramientos ministeriales y con las relaciones que se establecerán entre Rodríguez y una eventual oposición. Eso nos lleva a decir que al lado de Delcy no hay ningún trumpista indicando punto por punto lo que ella tiene que hacer. De hecho, Rodríguez cuenta con un ancho margen de autonomía. Así nos explicamos por qué, cuando Delcy ubica a María Corina como enemiga de la democracia, no hay nadie en los EE UU que la contradiga. Eso significa que, si en la economía la alianza entre Rodríguez y Trump es absoluta, en la política es relativa. El gobierno de Rodríguez depende de la voluntad de los EE UU pero no es un gobierno títere. Hay que tomar es