
acento.com.do · Mar 1, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260301T054500Z
Leyendo a Victoria Camps en “La sociedad de la desconfianza” y a la luz de mi experiencia en múltiples organizaciones sociales, así como de la observación atenta de la vida pública en una sociedad que aspira a consolidar su democracia, como la República Dominicana, he sentido la necesidad de compartir estas reflexiones. Han ido tomando forma mientras meditaba sobre las enseñanzas de Camps: tan potentes como oportunas para nuestro tiempo y para los microespacios organizacionales donde transcurre buena parte de nuestras vidas. Vivimos en una época en la que se habla mucho de democracia, pero se practica poco la cultura democrática. Uno de los fenómenos que más silenciosamente la erosiona es lo que podríamos llamar una cultura de conformidad inducida. La democracia no se sostiene solo en normas e instituciones formales. Se sostiene, sobre todo, en hábitos éticos y en prácticas cotidianas de deliberación responsable. Como advierte Camps, la confianza no es ingenuidad, sino una apuesta moral por la palabra pública y la posibilidad de disentir sin temor. Cuando el desacuerdo comienza a percibirse como una amenaza, cuando el costo de expresar una posición distinta se vuelve desproporcionado, la cultura democrática empieza a vaciarse por dentro, aunque sus estructuras permanezcan intactas. No se trata del consenso que surge tras un debate serio. Tampoco de la disciplina organizacional necesaria para que una institución funcione. Se trata de algo más sutil: la tendencia a adoptar públicamente la postura de la autoridad, no por convicción, sino por cálculo. No porque se esté de acuerdo, sino porque disentir tiene costos. Suscríbite a nuestro newsletter y recibe las historias más importantes del día. Al suscribirse al newsletter acepta nuestros términos y condiciones y política de privacidad. Es el silencio estratégico. Es la autocensura preventiva. Es la adhesión prudente que nace en entornos donde cuestionar resulta incómodo. Produce estabilidad superficial y complacencia en quienes ejercen el liderazgo. Pero, a mediano plazo, erosiona la fortaleza institucional y debilita la cultura democrática. Camps sostiene que la confianza es una condición indispensable para la convivencia. Sin ella, “la sociedad se convierte en un entramado de controles y sospechas” (Camps, 2007). Cuando la confianza se debilita, la reacción habitual es multiplicar reglas, fiscalizaciones y mecanismos de vigilancia. Sin embargo, el exceso de control no genera legitimidad; la sustituye. Lo mismo ocurre en las organizaciones. Cuando la confianza interna se erosiona, el sistema se vuelve susceptible a la sospecha y a la interpretación defensiva de cualquier desacuerdo. La energía que debería orientarse a mejorar procesos se desplaza hacia la defensa de decisiones ya adoptadas. La prioridad deja de ser aprender y pasa a ser proteger. La confianza no elimina el conflicto, pero lo vuelve manejable. Sin confianza, el conflicto se percibe como una amenaza. La conformidad inducida es precisamente un síntoma de esa pérdida: una estrategia adaptativa que reemplaza la deliberación por la cautela. He visto repetirse este patrón en distintos ámbitos. Cuando la crítica institucional se personaliza, la cultura organizacional comienza a deteriorarse. El proceso es gradual. Cuestionar una política se interpreta como ataque personal. Solicitar explicaciones se percibe como deslealtad. El disenso deja de ser aporte y pasa a leerse como desafío. El contraste de argumentos se convierte en confrontación de egos. Y la deliberación, corazón de toda cultura democrática, empieza a debilitarse en silencio. Nada de esto ocurre de la noche a la mañana. Es el resultado de un proceso prolongado. Comienza cuando el desacuerdo se considera una incomodidad innecesaria y no una oportunidad de reflexión. Se consolida cuando la tensión propia del debate se percibe como una amenaza y no como parte natural, e incluso saludable, del proceso de toma de decisiones. En ese clima, se interioriza una regla tácita: es más seguro callar que argumentar; más conveniente alinearse que matizar; más prudente asentir que cuestionar. Así nace el silencio estratégico. Y cuando ese silencio deja de ser excepcional y se convierte en norma, termina por configurar la cultura que la organización respira. La conformidad inducida prospera en culturas defensivas. Y una cultura defensiva no siempre es ruidosa; a menudo es formalmente correcta. Sus miembros cumplen con protocolos, participan en reuniones y votan decisiones. Pero algo ha cambiado: la deliberación ha sido sustituida por una alineación tácita. La apariencia de orden se mantiene, mientras la vitalidad democrática se debilita. Con el tiempo, las decisiones no se revisan: se defienden. Las críticas no se examinan: se neutralizan. Las preguntas no se profundizan: se descalifican. La institución comienza a operar bajo una lógica de autopreservación emocional más que de mejora estructural. El siguiente paso es más delicado: la tentación punitiva. Cuando la disidencia se asume como ofensa personal, pueden activarse mecanismos, a veces sutiles, de exclusión o de marginalización: reducción de la participación, etiquetamiento como conflictivo, aislamiento simbólico, limitación de las oportunidades. No siempre hay sanción formal. Pero el mensaje circula: disentir tiene consecuencias. La unanimidad que surge de ese silencio no es fruto de convicción, sino de cálculo. Una de las consecuencias más peligrosas es la ilusión de consenso. Cuando en una organización compleja nunca hay votos disidentes, cuando no se registran objeciones sustantivas y las decisiones parecen fluir sin contraste argumentado, es probable que no haya armonía, sino contención. Las tensiones no desaparecen; se desplazan hacia ámbitos informales. Allí, se transforman en rumores, desconfianza y fragmentación silenciosa. Camps recuerda que la democracia necesita algo más que procedimientos. Necesita virtudes. Ella señala que “Sin ciudadanos dispuestos a confiar, la democracia se vacía de contenido” (Camps, 2007, p. 32). Podríamos añadir que, sin organizaciones capaces de tolerar la crítica, esa confianza no encuentra dónde anclarse. Cuando la confianza se debilita, la sospecha ocupa su lugar. Y la sospecha permanente termina por paralizar la cooperación. La responsabilidad de esta cultura no recae únicamente en quienes ejercen la autoridad. También quienes forman parte de la organización contribuyen a ella cuando optan por la comodidad del silencio o ejercen una crítica destructiva. La confianza exige reciprocidad. La autoridad debe distinguir entre la crítica institucional y el ataque personal; el disenso debe ejercerse con responsabilidad y sentido del bien común. Las instituciones fuertes no son aquellas en las que nadie disiente, sino aquellas en las que se puede disentir sin temor y con responsabilidad. Donde la crítica mejora las decisiones. Donde la lealtad no se confunde con el silencio ni la discrepancia con la agresión. La conformidad inducida puede simular cohesión. La cultura punitiva puede simular autoridad. Pero la cohesión auténtica nace del respeto al disenso, y la autoridad legítima se consolida cuando integra la crítica en lugar de sofocarla. El problema se vuelve especialmente inquietante cuando esta lógica se instala en instituciones cuya vocación declarada es el pensamiento crítico y la argumentación rigurosa. En estas organizaciones, sustituir el debate por el silencio estratégico no es un simple desajuste organizacional: es una contradicción profunda con su identidad y con el ejemplo público que están llamadas a ofrecer. Si nuestras organizaciones no practican internamente lo que proclaman públicamente, diálogo, tolerancia, pluralismo, la aspiración democrática se vuelve retórica. El problema no es el conflicto, inherente a toda vida colectiva, sino la incapacidad para gestionarlo con madurez. La democracia no muere únicamente por imposición. También puede extinguirse por silencio. O por conformidad inducida. Referencia Camps, V. (2007). La sociedad de la desconfianza. Barcelona: Paidós. Radhamés Mejía Académico Educador. Profesor Emérito de la PUCMM ExVicerrector de la PUCMM por más de 35 años y exrector de UNAPEC. Actualmente es Coodinador de la Comisión de Educación de la Academia de Ciencias de la República Dominicana (ACRD). En la actualidad es Director del Centro de Investigación y Desarrollo Humano (CIEDHUMANO)-PUCMM. Ver más Sigue todas las noticias de Acento en Google News Sigue todas las noticias de Acento en WhatsApp