
agencianova.com · Feb 22, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260222T064500Z
Después de más de 20 años de descenso sostenido, el indicador más sensible de una sociedad —la vida de sus recién nacidos— retrocede. Y mientras eso ocurre, el poder celebra el superávit. El gobierno de Javier Milei convirtió el “déficit fiscal cero” en dogma. En símbolo de pureza económica. Como si equilibrar las cuentas fuera el acto supremo de responsabilidad histórica. Pero existe una verdad anterior a cualquier plan financiero: La economía debe estar al servicio de la dignidad humana. No la dignidad humana al servicio de la economía. Cuando el equilibrio fiscal se vuelve absoluto, todo lo demás se subordina. Y cuando lo contable desplaza a lo humano, los primeros en sentirlo son siempre los mismos: Los recién nacidos. Los niños con enfermedades graves. Los niños con cardiopatías congénitas. Las personas con discapacidad. Los adultos mayores enfermos. Los jubilados que sobreviven con ingresos erosionados. El déficit cero no se siente en los balances de las grandes fortunas. Se siente en los hogares donde falta un medicamento. Se siente en la mesa donde falta comida. Se siente en la farmacia donde el precio es impagable. Y se siente cuando un niño necesita una cirugía vital. La cirugía cardíaca infantil no es un privilegio. Es un derecho vinculado al derecho a la vida y a la salud. Cualquier política pública —sea del gobierno que sea— debe garantizar que los niños con cardiopatías congénitas tengan acceso a tratamiento oportuno, infraestructura adecuada y equipos médicos especializados. Una cicatriz en el pecho de un bebé no es un gasto. Es la marca de que una sociedad eligió salvarlo. Detrás de cada discusión macroeconómica hay vidas concretas. Una cicatriz puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Una nación no puede llamar “orden” a un esquema que estabiliza números mientras pone en riesgo redes de protección vital. La política económica no es neutra. Es una elección de prioridades. Si se reducen subsidios, se ajustan programas sociales, se reestructuran sistemas de cobertura médica y se retrae la presencia estatal en áreas sensibles, el impacto no se distribuye en partes iguales. No lo absorben con la misma intensidad las élites financieras ni los sectores de mayor patrimonio. Lo absorben quienes dependen del Estado para sobrevivir. El discurso del sacrificio compartido pierde legitimidad cuando el sacrificio es asimétrico. El bien moral exige una jerarquía clara: primero la vida, luego el balance. No se trata de negar la necesidad de estabilidad macroeconómica. Se trata de afirmar que la estabilidad que compromete la protección de los más vulnerables no es estabilidad justa, es estabilidad incompleta. Una sociedad verdaderamente fuerte no es la que muestra superávit, sino la que garantiza: Acceso real a tratamientos vitales. Protección efectiva a personas con discapacidad. Ingresos dignos para jubilados. Atención sanitaria continua para enfermos crónicos. Cirugías cardíacas infantiles sin demoras ni barreras. Respeto irrestricto a quienes reclaman por derechos fundamentales. Cuando el Estado se endurece frente a los débiles y se flexibiliza frente al poder económico, la ecuación moral se invierte. La deuda moral El déficit fiscal puede ser cero. Pero si el costo lo pagan los más vulnerables, la deuda moral crece. Y esa deuda no se cancela con superávit. Cuando la deuda moral crece La deuda moral crece cuando se invierte el orden natural de los valores. Crece cuando la técnica reemplaza a la ética. Cuando la decisión económica se presenta como inevitable y neutral, ignorando que toda política es una opción moral. La técnica sin ética se convierte en frialdad administrativa; mide costos, pero no mide sufrimiento. La deuda moral crece cuando el interés financiero desplaza al bien moral. Cuando el equilibrio contable se vuelve fin supremo y la dignidad humana se convierte en variable de ajuste. El dinero es instrumento; cuando pasa a ser finalidad, la sociedad pierde su centro. Crece cuando el bien individual se impone sobre el bien común. Cuando la acumulación privada es protegida con mayor celo que la supervivencia pública. Cuando se alivian cargas arriba mientras se endurecen abajo. Allí el contrato social se resquebraja. La deuda moral crece cuando las cosas valen más que las personas. Cuando los mercados reciben prioridad institucional y los vulnerables deben esperar. Cuando una cifra fiscal genera más urgencia que una cama hospitalaria. Crece cuando la materia eclipsa al espíritu. Cuando el cálculo económico ahoga la compasión. Cuando la eficiencia reemplaza a la solidaridad. Una sociedad puede crecer en números y empobrecer en humanidad. Un gobierno que olvida estos principios no solo administra un país: administra una jerarquía invertida de valores. Y cuando esa inversión afecta a niños, personas con discapacidad, enfermos y jubilados, la deuda moral ya no es abstracta: se vuelve histórica. La deuda moral se cancela cuando el poder: Reconoce el daño sin excusas. Garantiza transparencia absoluta. Restituye programas esenciales. Repara a quienes fueron perjudicados. Reordena sus prioridades colocando la vida y la dignidad humana por encima de cualquier meta contable. La deuda fiscal se paga con dinero. La deuda moral se paga con humanidad. Se paga cuando ningún niño queda sin tratamiento. Cuando ninguna persona con discapacidad es vista como gasto. Cuando ningún jubilado debe elegir entre comer o medicarse. Cuando el Estado protege primero a quienes menos pueden defenderse. Solo entonces el equilibrio será legítimo. Solo entonces el orden será justo. Solo entonces la política volverá a estar al servicio de la vida. Porque el déficit puede llegar a cero. Pero la obligación ética jamás.