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elconfidencial.com · Feb 22, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260222T181500Z
Antonio García Navas es médico de familia y vive en Cádiz. Sin embargo, cada día recorre unos 40 kilómetros para desplazarse hasta Paterna de Rivera, una localidad de 5.539 habitantes tradicionalmente dedicada a la agricultura. Aunque en sus comienzos trabajó en una zona urbana, tomó la decisión de dedicar su vida profesional a la medicina rural. “Quise probar en una época en la que había contratos más estables que en las ciudades”, explica en conversación con El Confidencial. Tuvo un parón en medio para dedicarse a la gestión, pero después de la pandemia de covid regresó a las consultas. En el año 2024, la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) estimaba que había entre 11.000 y 15.000 médicos rurales en el país. Pero advertía que para 2029 se habrán jubilado 4.500 de ellos, casi un tercio del total. También enumeraba los grandes retos de la medicina en el ámbito rural: envejecimiento poblacional, gran dispersión geográfica, percepción de aislamiento profesional y formativo, escasa incorporación de nuevas tecnologías, poco reconocimiento y mejora de las condiciones laborales y falta de relevo generacional. García Navas, que también es vocal de Atención Primaria del Colegio de Médicos de Cádiz, recalca que muchas veces “nos olvidamos” de la segunda parte de su profesión: medicina familiar y comunitaria. “Tenemos un perfil clínico y uno comunitario, y ahí es donde radica la diferencia. En la medicina rural hay un componente comunitario mucho más evidente porque en la urbana suele ser todo más burocrático, con pacientes que van y vienen a consulta y que tienen cerca el hospital”, apunta. Y hace referencia al concepto de longitudinalidad, que es la relación personal, duradera y de confianza que se establece entre un médico y sus pacientes a lo largo del tiempo: “Se conoce más al paciente y también a la comunidad, no solo al individuo. Participar en actos preventivos comunitarios suele ser más habitual que en ámbitos urbanos. En medicina rural nosotros mismos hacemos las urgencias y muchas visitas domiciliarias. Se perciben más la soledad, el desempleo y los determinantes sociales de la salud. La relación con el paciente es más lineal y comprometedora, a veces más de lo que debiéramos. Si hay que visitar a una persona fuera de horario, se hace, aunque estés saturado”. En el consultorio de Paterna de Rivera son tres médicos, uno de ellos pediatra, que trabajan de lunes a viernes y se turnan los horarios para cubrir mañanas y tardes. “También cubrimos guardias nocturnas y solemos trabajar un fin de semana al mes”, añade. Acerca del perfil de pacientes que ve, expone que sobre todo es gente mayor con “problemas de soledad”. “Tenemos pacientes crónicos o crónicos complejos, también hay gente joven desempleada. Cada población tiene sus peculiaridades; aquí hay un poder adquisitivo menor que quizá en otras poblaciones”, advierte. Además, comenta que en los pueblos el médico tiene un “peso social”: “Nos conocen y la relación médico-paciente es bilateral. Nosotros sabemos cómo se llama la madre del paciente o la enfermedad que tuvo su abuela. Igualmente, ellos acaban sabiendo de nosotros y es una relación positiva por las dos partes que algunos médicos preferimos frente a otra más lejana”. Aunque la tecnología está más implantada en hospitales y centros de salud de núcleos urbanos, el doctor opina que herramientas como la teleconsulta les son de gran utilidad. “Yo estoy en pleno periodo formativo de ecografías porque por fin podremos hacerlas en los centros rurales. Esto nos da una capacidad de respuesta y diagnóstico que antes no teníamos”, apunta. Concluye narrando cómo es su trayecto diario de regreso a casa: “Me siento satisfecho. Esos 40 minutos conduciendo son míos, pongo música y me relajo”. En Nuxis, un municipio de la región de Cerdeña de 1.703 habitantes, también hay un médico de familia que ha elegido trabajar allí. Su nombre es Federico Contu y lo tuvo claro desde el principio. “El ritmo y el contexto me resultaban más acogedores en un pueblo”, asegura el también presidente del sindicato que representa a su colectivo médico (Fimmg). Expresa su preocupación por la despoblación: “En este caso hablamos de zonas interiores, que no son lo mismo que rurales. Este trabajo no es una misión, es una elección profesional y de vida. La medicina rural es casi una especialización de la medicina de familia”. Comparte varias percepciones con García Navas. “Aunque la figura del médico rural se ha vuelto más tecnológica, todavía hay dificultades, especialmente relacionadas con la conectividad. En estos pueblos el sentido de comunidad es más intenso y fuerte; existe un tejido social que te permite conocer a sus habitantes. Nuestro principal problema es tener un acceso deficiente en el primer nivel”, reseña. Igual que los anteriores protagonistas, Alejandro (nombre ficticio) es médico en un pequeño pueblo de Grecia. “Es como vivir en una casa de cristal. Todo el mundo conoce mi coche y sabe, incluso, lo que compro en la tienda. Te miran con una mezcla de admiración y expectativa, como si no estuviera permitido estar cansado o ser vulnerable”, cuenta a este periódico. Al contrario de la situación que describe García Navas en España, este doctor griego siente cierta “distancia” con sus pacientes: “Me traen huevos, limones o un plato de comida en forma de agradecimiento, pero rara vez me preguntan por mi vida. Eres una pieza funcional del pueblo, como la campana de la iglesia o el cartero. Nadie quiere encariñarse con el médico que se irá en 12 meses y yo, instintivamente, intento no echar raíces muy profundas”. En su caso, pasa de una “alta responsabilidad médica” a una vida “tranquila y repetitiva” cada tarde que acaba su jornada y cuelga la bata. “Tras la salida del último autobús del pueblo, te das cuenta de que en las siguientes horas eres la única solución. Si algo sale mal, no hay escapatoria ni apoyo inmediato. Es un recordatorio de mi aislamiento”, finaliza.