
larioja.com · Mar 1, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260301T081500Z
De izquierda a derecha: los doctores Carmen Truyols, Ignacio Domínguez, Sheila Justo y Luciana Nechifor. Los médicos curan mientras se van quedando sin salud. Además de sufrir insomnio, ansiedad, agotamiento, al menos uno de cada diez ha llegado a tener pensamientos suicidas o de autolesiones. Esta situación los ha llevado a decir 'basta' y a enfrentarse con el ministerio. Ellos mismos nos lo cuentan. Texto y fotos: Daniel Méndez Viernes, 27 de febrero 2026, 10:31 Comenta Salió del hospital temprano, con el sol todavía bajo. En una guardia de 24 horas había dormido una hora. Una. Lo dice así, sin dramatizar. Cruzó un paso de cebra y casi la atropellan. «Desde entonces salgo de las guardias mucho más alerta, siendo consciente de que estás en un estado que parece que vas borracha, no tienes reflejos», cuenta Luciana Nechifor, médico residente de 26 años de edad. Otro día, recuerda, se cayó por las escaleras. «De todas las guardias se sale destruido. Te vas a casa, duermes, te levantas y discutes con todo el mundo. O lloras. Los ritmos circadianos, la comida… todo está afectado. Esto pasa varias veces al mes. En enero tuve seis guardias. Nunca te acabas de recuperar». El estudio Ikerburn, presentado por la Organización Médica Colegial, lo pone en cifras: el 93,9 por ciento de los médicos jóvenes encuestados muestra síntomas de desgaste profesional en al menos una dimensión, y más de la mitad cumple criterios de «burnout completo»: agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal. Dos de cada tres médicos jóvenes refieren insomnio o alteraciones del descanso; el 38 por ciento recurre a ansiolíticos, alcohol u otras sustancias como estrategia de afrontamiento; uno de cada cuatro ha necesitado una baja laboral vinculada al agotamiento. Y no son solo los jóvenes, por supuesto. Hay médicos veteranos que describen el desgaste como algo que se te instala sin pedir permiso. Ignacio Domínguez, jefe de sección de Cirugía Ortopédica y Traumatológica en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, lo dice con una frase que duele precisamente porque suena cotidiana: «Me han dicho que tengo estrés crónico. Me han hablado de burnout, de cardiopatía isquémica, de hipertensión… y yo lo he normalizado». El médico que te opera con manos firmes puede estar sosteniéndose a sí mismo con alfileres. La incomprensión de los pacientes dispara la ansiedad. «Si tú llegas a la consulta y me ves con una hora de retraso, te quejas. Pero no vas al ministro: te quejas al médico» «Queremos sanar sin enfermar», dicen los profesionales movilizados contra el Estatuto Marco del ministerio. El lema, repetido en las protestas de facultativos, resume una denuncia: jornadas y ritmos de trabajo extremos que acaban enfermando a quienes deberían cuidar. Su empeño va más allá de una reivindicación laboral: defienden que la calidad asistencial depende de la salud del médico –«sin médicos no hay sanidad»– y que para atender bien hay que poder trabajar en condiciones dignas. Una encuesta de la OMS en Europa sitúa en España síntomas compatibles con depresión en alrededor de un 24 por ciento de los médicos y síntomas compatibles con ansiedad en torno a un 28 por ciento. Más del 10 por ciento ha tenido pensamientos de suicidio o autolesión. Para el paciente, muchas veces esto es invisible, hasta que deja de serlo. Cuando el médico no mira a la cara, obligado también por la carga burocrática que debe realizar durante la propia visita médica; cuando se equivoca; cuando parece distante, entonces el enfado del paciente cae donde cae: en quien tiene delante. «Si tú llegas a la consulta y me ves con una hora de retraso, te quejas. Pero no vas al ministro: te quejas al médico», admite Carmen Truyols, que, además, ha estado «en el otro lado» como familiar de un trasplantado. Y remata: «Cuando un médico hace cien horas semanales, es más fácil que se confunda. Eso es así. Y si esa confusión te toca a ti empeora tu tratamiento». Porque un sistema que empuja a sus médicos al límite acaba empujando al límite también a quienes van a curarse. Carmen Truyols, anestesióloga, lo resume en una anécdota que pudo acabar en tragedia: «Hay una escena que me persigue porque lo resume todo: salí de una guardia de 24 horas, cogí el coche y me quedé dormida en un semáforo en la Gran Vía. La gente me golpeaba la ventanilla. Lo primero que pensé fue 'la culpa es mía'. Y luego me pregunté: ¿quién me ayuda a mí si me obligan a trabajar así? Porque si yo cometo un error a las cinco de la mañana ese error lo pago yo –por dentro y también legalmente–, pero el cansancio no lo elijo yo». Ampliar Jefe de sección de Cirugía Ortopédica y Traumatología. 62 años. Ignacio Domínguez: «Se está perdiendo la medicina de verdad: mirar, escuchar... muchas veces solo te piden que 'resuelvas'. Los pacientes son 'usuarios'» «He pasado toda mi vida profesional en el Clínico: empecé aquí de estudiante y hoy opero columna cada día. He tenido reconocimiento profesional, he trabajado con tecnología punta, he formado a gente de fuera. Y aun así no quiero que los que vienen detrás vivan lo que vivimos nosotros como 'el peaje' inevitable. Lo que más me duele es que se está perdiendo la medicina de verdad: mirar, escuchar, acompañar. Muchas veces solo te piden que 'resuelvas' y corras. Pacientes convertidos en 'usuarios', médicos en 'mandos intermedios'. Yo me niego a hablar así: deshumaniza a todos. Y luego está lo que casi nadie ve: el desgaste normalizado. Me han dicho que tengo estrés crónico, que vigile la hipertensión, que hay riesgo cardiovascular. Por fuera parezco tranquilo. Por dentro no. Y aun así sigo porque creo en esto…, pero no en una medicina que te obliga a hacerlo todo en diez minutos con la sensación de que te están empujando a trabajar peor». Ampliar Médica de familia y gestora sanitaria. 45 años. Sheila Justo: «Es mejor que te dé un infarto a las once de la mañana que a las cuatro de la madrugada. No porque el infarto sea distinto, sino por el agotamiento del médico» «He pasado años en gestión y ahora he vuelto a la asistencia, a la consulta de cada día. Y desde ahí lo veo claro: la sanidad se sostiene sobre todo por el esfuerzo de los profesionales. Estamos extenuados, y ya no es una impresión: hay datos, cifras que lo objetivan. Lo grave es que si no se cuida al médico no se cuida al paciente. Y eso ya está pasando. Lo noto en el desgaste y en los abandonos. Hay compañeros que se van a otros países, otros que se salen del sistema y desaparecen de las estadísticas, y las jubilaciones no se están cubriendo como deberían. Mientras tanto, la población envejece, la demanda de atención médica crece. Es una bola de nieve. Y luego está lo que más duele: el daño moral. Terminas la carrera con vocación y te ves atendiendo pacientes 'como churros', sin tiempo, con prisas y con miedo a equivocarte. Pero no son churros: son personas. Hay días en los que ves cuarenta, cincuenta… y en vacaciones, todavía más. Para trabajar con seguridad necesitas tiempo. Si no, lo que haces es sobrevivir a la agenda. Es mejor que te dé un infarto a las once de la mañana que a las cuatro de la madrugada. No porque el infarto sea distinto, sino porque el médico que te atiende a las once está alerta de una manera que a las cuatro, después de horas sin dormir, no. Y esto no debería ser así. Nadie elige cuándo enferma. El sistema no puede permitirse que la calidad dependa de la hora y del aguante humano de quien está de guardia». Ampliar Residente de segundo año de Medicina del Trabajo. 26 años. Luciana Nechifor: «Mi sueldo base es de 1300 euros brutos. Pero no pedimos solo dinero. Pedimos condiciones que se parezcan a una vida normal» «Nuestra lucha no va de privilegios. Hay quien nos mira como si solo pidiéramos dinero. Y claro que influye: después de siete u ocho años formándome, mi sueldo base es de 1300 euros brutos. Pero el fondo es otro: pedimos condiciones que se parezcan a una vida normal. El mes pasado hice seis guardias de 24 horas. En teoría son menos, pero la realidad es que entras por la mañana y acabas haciendo el día entero. El otro día, un piloto de avión dijo por megafonía: 'Llevo once horas trabajando y ya no sé ni lo que digo', y me quedé pensando: con once horas, muchas veces yo ni siquiera he tenido tiempo de cenar. Cada vez más residentes miran fuera. Yo también lo pienso. Y también me planteo ser madre, pero así no puedo. Con cinco o seis guardias al mes, sin horarios, sin fines de semana, sin regularidad… ¿Cómo sostienes una familia si ni siquiera puedes sostenerte a ti misma?». Ampliar Especialista en anestesiología y reanimación. 41 años. Carmen Truyols: «La vocación no puede sustituir a comer, dormir, descansar. Yo no puedo ni tratarme el insomnio» «La sanidad se ha montado sobre horarios ilimitados. Guardias, 'locali-zadas', jornadas a las que llaman de mil maneras para no llamarlas 'extra'. Y encima vocación. Como si la vocación pudiera sustituir a comer, dormir, descansar o saber tus vacaciones con un mínimo de previsión. Yo tengo un insomnio brutal y no lo puedo curar. No porque no sepa: porque no me puedo medicar. Si me medico para dormir es incompatible con un trabajo que me obliga a no dormir cada dos o tres días. Y luego está la vida fuera del hospital. Tengo tres hijos y he llegado a hacer cosas que me cuesta contar para encajar la maternidad en un sistema que no la contempla. No veo a mis hijos todos los días, no puedo prometerles que estaré si se ponen malos. Y lo digo claro: la vocación no paga colegios, no mantiene familias. Y cuando, además, te destruye la familia, te obliga a replantearte todo». Sobre la firma Texto y fotos: Daniel Méndez