
infobae.com · Feb 27, 2026 · Collected from GDELT
Published: 20260227T103000Z
El biohacking personalizado gana terreno entre la generación silver, combinando datos biométricos y evidencia científica para optimizar la salud durante la adultez mayor.El interés por optimizar la salud y prolongar la calidad de vida ha impulsado la adopción de nuevas estrategias entre quienes atraviesan la adultez mayor. La nutricionista Carolina Sosky —autora, docente y referente en divulgación científica con más de 400 mil seguidores en redes sociales— destaca que el biohacking se ha consolidado recientemente como una propuesta diferenciada para la generación silver, combinando medición personalizada y evidencia científica para transformar los hábitos cotidianos.Esta tendencia responde a la creciente disponibilidad de tecnologías, análisis específicos y herramientas que permiten un seguimiento objetivo de variables como glucemia, perfil lipídico o composición corporal, lo que redefine la manera de enfocar la longevidad y el bienestar en América Latina.Dispositivos wearables y análisis avanzados impulsan la medición objetiva de glucemia, perfil lipídico y sueño en América Latina, redefiniendo la longevidad y el bienestar.Sosky define el biohacking desde la nutrición como el uso intencionado de estrategias alimentarias y de estilo de vida orientadas a optimizar funciones medibles del organismo. Estas funciones incluyen metabolismo, niveles de inflamación, rendimiento cognitivo y capacidad de recuperación, siempre bajo el control de indicadores concretos. A diferencia de los enfoques tradicionales, la personalización es la regla: se realizan pequeños ajustes, controlando una variable a la vez y midiendo el resultado en el organismo real de cada persona.La clave del método radica en la medición sistemática. Sosky afirma que la diferencia fundamental con los modelos clásicos es que aquí “el énfasis está en la personalización basada en datos y no solo en recomendaciones generales”. El método evita las fórmulas universales y privilegia la experimentación controlada, especialmente relevante para quienes buscan mantener o mejorar la salud en la adultez mayor.Cuando el biohacking se practica con rigurosidad científica y basado en la fisiología, puede traducirse en pequeñas modificaciones comprobables: ajustar la distribución diaria de proteínas, mejorar la calidad de los hidratos de carbono o coordinar los horarios de comida con el descanso nocturno. Estas intervenciones, sostiene Sosky, tienen efecto directo sobre la adherencia a nuevos hábitos, la prevención y la mejora sostenida en marcadores de salud.No obstante, advierte sobre el riesgo de trivializar el concepto. En sus palabras, cuando el biohacking “se banaliza o se presenta como una solución rápida y universal, pierde rigor y se transforma en marketing con promesas exageradas que no siempre tienen sustento científico”. La frontera entre intervención profesional y propuesta comercial se diluye si no se prioriza la evidencia y el seguimiento individualizado.El auge del biohacking en países como Argentina y otras naciones latinoamericanas tiene raíces en factores tecnológicos, económicos y culturales. Sosky subraya que el surgimiento de dispositivos como wearables: relojes, anillos o aplicaciones de salud, ha masificado el acceso al monitoreo de datos fisiológicos. Estas herramientas ya no se limitan a contar pasos: permiten registrar “calidad de sueño, niveles de actividad física, frecuencia cardíaca, estrés” y la respuesta ante distintas variaciones nutricionales, con una precisión hasta hace pocos años reservada a laboratorios especializados.La interpretación profesional de datos biométricos previene errores comunes del biohacking, evitando mitos como soluciones rápidas, protocolos extremos y la sobrevaloración de suplementos.La oferta de análisis de laboratorio más precisos y el acceso a dispositivos de seguimiento han revolucionado el modo en que las personas pueden observar, casi en tiempo real, el impacto de sus hábitos diarios en la salud. A esto se suma el crecimiento del mercado de suplementos —como colágeno, magnesio o adaptógenos— y el discurso en torno a la optimización del cuerpo, una tendencia que acompaña la búsqueda de bienestar y rendimiento mejorado en todas las edades.Sosky señala como motor adicional la insatisfacción con los sistemas de salud tradicionales, que mantienen el foco en el tratamiento de enfermedades y no en la prevención integral. Para muchos, el biohacking ofrece una alternativa: “probar, medir, corregir los hábitos en función de datos concretos”, siempre y cuando se mantenga el criterio científico y se eviten atajos simplificadores.En su práctica y comunicación pública, Sosky logró posicionar el tema entre las inquietudes de los silver. La nutricionista insiste en que los resultados solo llegan al combinar “medición objetiva, ajustes a medida y continuidad”, evitando la adopción irreflexiva de modas.Este cambio de paradigma —del control externo y la generalización al autoconocimiento y la personalización— resume por qué el biohacking se afianza como tendencia en los adultos mayores de la región, y cuál es el desafío: garantizar su aplicación como un proceso profesional y validado, lejos de promesas mágicas y cerca de la ciencia aplicada a la vida diaria.―¿Qué hábitos alimentarios tienen mayor impacto en la longevidad y el rendimiento físico y mental?―En general son aquellos que pueden sostenerse en el tiempo. La evidencia científica muestra que una alimentación basada principalmente en alimentos reales, con bajo consumo de ultraprocesados, azúcares añadidos y grasas trans, se asocia a una mejor salud metabólica y a menor riesgo de enfermedades crónicas. Patrones como la dieta mediterránea, caracterizada por un alto aporte de verduras, frutas, legumbres, proteínas de calidad y grasas saludables, se vinculan de forma consistente con menor inflamación y mejores indicadores de salud a largo plazo.La dieta mediterránea, rica en verduras, fibra y grasas saludables, muestra impacto comprobado en la reducción de enfermedades crónicas y mejora de indicadores metabólicos.En este sentido, no se trata de un alimento aislado ni de estrategias extremas, sino de construir una base nutricional sólida que el organismo pueda sostener durante décadas y que acompañe el proceso de envejecimiento con mayor funcionalidad y calidad de vida. Para el rendimiento físico y mental, además, hay dos ejes prácticos especialmente relevantes.Por un lado, asegurar una ingesta adecuada de proteínas y distribuirlas correctamente a lo largo del día, lo que resulta clave para preservar la masa muscular, favorecer la recuperación y mantener la saciedad y la energía. Por otro, priorizar el consumo de fibra y compuestos bioactivos como los polifenoles, presentes en frutas, verduras, legumbres y aceite de oliva, que contribuyen a una microbiota intestinal más saludable, a una regulación más estable de la glucemia y a una menor inflamación de bajo grado, con impacto directo en la función cognitiva y el rendimiento diario.La especialista afirmó que la evidencia científica sobre la relación entre alimentación antiinflamatoria y salud a largo plazo es consistente y se basa en patrones sostenidos en el tiempo, como la dieta mediterránea, asociados con menor riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, deterioro cognitivo y mortalidad total.Indicó que estos beneficios se explican, en parte, por su efecto sobre la inflamación crónica de bajo grado y por mejoras en marcadores como la proteína C reactiva y el perfil metabólico, especialmente en personas con riesgo cardiometabólico. Señaló que, mantenido en el tiempo, este patrón reduce eventos a largo plazo.Carolina Sosky advierte que la optimización no es sinónimo de restricción extrema.Remarcó que no se trata de consumir alimentos aislados, sino de sostener un esquema alimentario basado en productos mínimamente procesados, con fibra, grasas insaturadas y compuestos bioactivos, y con menor presencia de ultraprocesados y azúcares añadidos. Añadió que su impacto se consolida cuando se integra a un estilo de vida saludable.―¿Qué opinión tiene sobre prácticas como el ayuno intermitente o la dieta cetogénica dentro del biohacking?―Pueden utilizarse como herramientas dentro del biohacking, pero no son universales ni indispensables. Su utilidad depende del contexto clínico, del perfil de la persona y del objetivo que se busque, y no deberían presentarse como estrategias válidas para todos.En el caso del ayuno intermitente, la evidencia disponible muestra beneficios modestos sobre el peso corporal y algunos marcadores cardiometabólicos, que en muchos estudios resultan comparables a los de la restricción calórica tradicional cuando la calidad de la dieta y la ingesta total de calorías son similares. En la práctica, el principal mecanismo de efecto suele ser una mejor adherencia y una reducción espontánea del consumo calórico, más que un beneficio metabólico “mágico”. Además, los datos de largo plazo en población general son limitados y los resultados varían según el protocolo utilizado, el contexto clínico y, sobre todo, qué se come dentro de la ventana de alimentación.La dieta cetogénica, en cambio, sí cuenta con evidencia robusta en indicaciones específicas, como la epilepsia refractaria, especialmente en población pediátrica. Fuera de esos contextos, trasladarla como una “dieta óptima” para toda la población no está justificado desde la evidencia. En algunos perfiles puede ser útil a corto plazo, por ejemplo, para control glucémico o descenso de peso bajo supervisión, pero requiere evaluación clínica, planificación cuidadosa y seguimiento, ya que la respuesta metabólica y lipídica es muy variable. En ciertas personas, incluso, puede observarse un aumento de LDL o ApoB.Carolina Sosky advierte que la dieta cetogénica no es universal y requiere indicación y seguimiento profesional.Desde una mirada profesional, el error no está en la estrategia en sí, sino en aplicarla como una receta universal. Dietas bajas en carbohid